La cadena del optimismo

03 de junio de 2009 12:00 AM

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Bogotá se convirtió en un modelo de ciudad en varios frentes. En los últimos años ganó 8 premios internacionales, como el León de Oro de la Bienal de Venecia a mejor ciudad, y fue además reconocida como la ciudad latinoamericana con mejor oferta de esparcimiento y diversión. ¿Mejor que Sao Paulo, Río? ¿Mejor que Buenos Aires? Increíble. En un país casi en guerra, la ciudad que a mediados de los 90 era insegura en medio de un caos urbano, ya en 2005 era epicentro de grandes oportunidades para la industria de la recreación y otras más. ¿Será que las alcaldías de Castro, Mockus y Peñalosa fueron las causantes de semejante milagro, o influyó algo más? En realidad, esas bienaventuradas administraciones sentaron las bases para disparar la esperanza en los capitalinos. Los antropólogos explican que la sucesión de eventos positivos (disminución de la criminalidad, construcción de Transmilenio, adecuación de calles, andenes para la gente, ciclorruta, día sin carro, fortalecimiento económico, etc.) hizo que los bogotanos por fin creyeran en su ciudad y en un futuro mejor, lo que disparó inconscientemente la alegría y, por tanto, las ganas de salir a un restaurante, a un bar, o a un centro comercial para celebrar y disfrutar de su ciudad. Ese deseo inconsciente de celebrar el renacimiento de su “hogar” incrementó en enormes proporciones el flujo de personas que salían a divertirse, a almorzar o a cenar. Para fortuna de Bogotá, hubo empresarios sagaces que vieron ese sentimiento y montaron los negocios que la gente quería. En pocos años la ciudad se convirtió en un próspero vividero y en un modelo para seguir. Si bien Cartagena necesita una sucesión de alcaldes bien intencionados, podríamos comenzar a espantar la incredulidad si configuráramos una cadena de cosas bien hechas, sobre todo ahora que el país trae una senda de prosperidad y el cartagenero muestra en las encuestas un positivismo latente por el futuro. No tienen que ser cosas gigantescas, pero hagámoslas bien; eso es lo que necesitamos ver. Transcaribe era una bonita oportunidad para comenzar, pero ya no podrá ser el detonador de orgullo como lo fue Transmilenio en Bogotá, porque nos lamentamos con tristeza de la lentitud con la que avanza. “Típico de aquí”, pensamos todos. Los Juegos Centroamericanos habrían podido ser el inicio porque fueron bien ejecutados, pero pasó el tiempo y la alegría que produjeron se difuminó. La ampliación de la refinería es el mayor proyecto, pero además de que no incide directamente en el bienestar de todos los ciudadanos, un día sale una noticia que alegra y al otro, otra que confunde. Cosas como la construcción del Centro Comercial Caribe Plaza, por ejemplo, son eslabones de la cadena hacia el optimismo porque hacen que el cartagenero crea que aquí sí puede haber proyectos de clase mundial. “¡No parece en Cartagena!”, dice la gente. Pero necesitamos seguir rápidamente con proyectos públicos y privados bien hechos, todos continuos, que beneficien de manera directa a los cartageneros en general y no a unos pocos. El estado de ánimo colectivo está dado para continuar la cadena de eventos favorables, y fundamos la prosperidad con las ganas de salir a celebrar como hace varios años lo hicieron los bogotanos. *Director de Criterium gerardo@criterium.com.co

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