La chiva

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Si algo bueno debemos reconocerles los periodistas a las redes sociales y, en general, al vertiginoso avance que ha tenido la tecnología comunicativa en los últimos años, ha sido la erradicación de la llamada “chiva periodística”, fenómeno que en el siglo pasado (sobre todo a finales) servía como indicador de la calidad de un periodista o de todo un medio de comunicación.

Hace cualquier cantidad de años, cuando me inicié como periodista, sufrí los embates de lo que es no poder conseguir una información primero que los demás; el drama de no saber competir con nadie, aspecto que, en ese momento, para un principiante era una pésima carta de recomendación.

De manera que no puedo negar que muchas veces sentí envidia por aquellos colegas que parecían saber las noticias antes de que sucedieran, y hasta se vanagloriaban de cómo dejaban con un palmo de narices a sus competidores, cuando anunciaban con bombos y platillos: “Tenemos información exclusiva”.

En esa época, casi todo el gremio periodístico de Cartagena estaba inmerso en esa fiebre del poder aplastar a los contrincantes con informaciones que, casi siempre, se conseguían sosteniendo una buena relación “amistosa” con los protagonistas de las fuentes. Los más contagiados con el almizcle de la chiva eran los periodistas que trabajaban para las cadenas nacionales, quienes, a la vez, parecían contar con el favoritismo de funcionarios, fuerza pública y líderes sociales amantes de la mundana vitrina. Esos eran los periodistas “buenos”. Quienes carecíamos de esas “virtudes”, éramos los “chiviados”, los “malos”.

El panorama era tan doloroso y tan frustrante que daba como para que uno reflexionara en si, a lo mejor, se equivocó de carrera; y lo único que estaba haciendo era usurpar el puesto que se merecía un “chiviador” de pura sangre.

Claro está, al mismo tiempo también pensábamos que en todo eso había algo de inhumano, puesto que la mayoría de nuestros colegas se interesaban únicamente en anunciar de primeros, pero pocas veces en escudriñar qué había más allá del hecho, cuál era el rostro de esa información, cuál la sangre que corría por las venas de los acontecimientos. Nada de eso importaba. Lo interesante era extraer lo esencial del evento y decirlo primero.

Pero, llegado el siglo XXI, las tiras cambiaron: ya casi no puede hablarse de noticias exclusivas, debido a que las cosas no han terminado de pasar cuando ya están regadas por todas partes, así sea con algunos ribetes fantasiosos; y, lo peor: dichas por cualquiera, no necesariamente por un periodista.

Dicho de otro modo: el periodismo salió de la crisis inhumana propiciada por la chiva, para meterse en la crisis peligrosa del exceso de información y de fuentes. Y, paradójicamente, surgió una oportunidad para formatos como la crónica, el informe especial, el reportaje y el análisis de hechos.

*Periodista.

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