Columna


La Copa del Mundo

ALFREDO RAMÍREZ NÁRDIZ

22 de noviembre de 2022 12:00 AM

El fútbol es la más hermosa irracionalidad que un hombre puede asumir sin tener que casarse o darle sus apellidos después. Yo amo el fútbol y cada vez me siento más ridículo siendo un amante del fútbol, pero jamás dejaré de amar el fútbol.

Uno cambia de trabajo, cambia de pareja, cambia de partido político o, incluso, de fe religiosa, pero uno no cambia de equipo de fútbol. ¿Conocen ustedes a alguien que haya abandonado sus colores por los de otro equipo? Nadie. El fútbol es más fuerte que los fanatismos religiosos, las ideologías políticas y las pasiones amorosas. El fútbol nos conecta con la tribu, nos muestra cuan primitivos seguimos siendo. El fútbol es lo mejor y el que diga lo contrario o miente o se equivoca.

¿Ven? Yo, que de liberal que soy, me vuelvo libertario y, de libertario, me vuelvo anarquista, en el fútbol rozo el talibanismo. Tampoco exageremos. Pero un poquito sí. Soy del Madrid y siempre he considerado que el mundo se divide en dos grupos de personas: las buenas personas y los que no son del Madrid. Admitan la broma. No es más que un chiste. Pero en realidad lo digo algo en serio. No mucho. Un tantito. En fin. El caso es que con mis 40 a cuestas me siento un poco ridículo viviendo con pasión los pormenores de 22 tipos más jóvenes que yo, algunos casi niños, dándole patadas a un balón, pero no puedo evitar vivir semejante ridiculez con pasión. ¿Se imaginan ustedes mis emociones del curso pasado cuando vi al Madrid remontando ronda tras ronda en la Champions hasta finalmente ganarla? Tremendo.

Y así llegamos a la Copa del Mundo. Miles de muertos en la construcción de los estadios. Miles más trabajando en régimen de esclavitud. Millones despilfarrados. Corrupción sospechada de todo tipo y condición. Una copa a celebrarse en una dictadura donde las mujeres son sistemáticamente discriminadas y los gays pueden correr peligro de vida. Y, sin embargo, yo, profesor de Derecho y defensor de los derechos, no me la pienso perder. Y usted tampoco. Y el vecino menos. Porque así es el fútbol. La máxima irracionalidad. Y por ello tan bello. Nos devuelve a lo más básico. Nos libera de todas las preocupaciones serias y nos entrega a otras carentes de seriedad. Justifica comprar una televisión. Romper la dieta viendo el partido. Olvidarse de la pareja. Ignorar a los hijos.

El fútbol eres tú, tus amigos y tu equipo. La tribu. La horda. El caos. Dios, cómo lo amo.

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