La economía por encima de los partidos

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En Colombia, como en muchos países, era usual afirmar que los años electorales eran buenos para la economía. El crecimiento se aceleraba un poco por el aumento del gasto público para la campaña electoral, y también por el optimismo que generaba cambiar de gobierno y las promesas de los candidatos presidenciales.

Ahora las cosas son muy distintas. En una economía estancada –que crecerá menos de 2% este año-, la campaña electoral será, y ya lo es, un freno adicional para la rápida recuperación del aparato productivo.

La economía colombiana aún no se repone de la abrupta caída de los precios del petróleo que generó uno de los choques externos más severos de su historia, con una reducción a la mitad de sus ingresos por exportaciones y una pérdida para el fisco de 23 billones pesos anuales. Es cierto que el manejo de las autoridades evitó un desastre y una recesión como la de 1999, pero el choque nos dejó muy maltrechos y redujo las perspectivas de crecer.

Lo peor es que esas mismas autoridades no usarán los instrumentos de política macroeconómica –fiscal y monetaria- que servirían para reactivar la economía. Por el lado fiscal, se aprobó para el 2018 un presupuesto que reduce el gasto público de 25,4% a 24,1% del PIB, con recortes de inversión en casi todos los sectores. Si bien es una decisión responsable desde el punto de vista de no incrementar el déficit fiscal ni la deuda pública, su efecto macro es contraccionista: la austeridad fiscal no es buena en épocas de recesión.

En lo monetario, la junta del República bajó un poco y muy lentamente las tasas de interés hasta llevarlas a un nivel “neutro”, que no perjudique pero tampoco ayude al crecimiento, aunque no se ha atrevido a bajarlas más porque les sigue importando más una desviación de 0,3% en la meta de inflación, que una pérdida de 0,3% en el crecimiento del PIB con su impacto negativo sobre los ingresos y el empleo.

Así, la forma, el contenido y el tono con que ya empezó la campaña por la presidencia es muy perjudicial para la actividad económica. Como lo hizo Trump, aquí la campaña de la oposición se basa en mostrar el país como un estado fallido y quebrado, magnificando los problemas y dificultades reales, pero sin ofrecer alternativas creíbles para superarlos.

En cuanto a las promesas de campaña, ahora son amenazas basadas en mentiras. Se amenaza con que el castrochavismo se tomará el poder, con que se acabará la propiedad privada, con que se va mandará a la cárcel a los empresarios, con que vamos a convertirnos en otra Venezuela.

A fuerza de repetir y repetir esas mentiras ya lograron que mucha gente las crea, lo que genera un pesimismo que frena el gasto de consumidores y las decisiones de invertir de los empresarios. No se dan cuenta esos candidatos que están escupiendo para arriba, porque si ganaran la elecciones, tendrán que sufrir las consecuencias de ese pesimismo.

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