Columna


La evolución

CARMELO DUEÑAS CASTELL

24 de noviembre de 2021 12:00 AM

Vivió poco más de 20 años en un inmenso valle, cerca de lo que hoy es Adís Abeba (Etiopía). Sus 110 centímetros de altura, con casi 30 kilos, le permitieron bajar de los árboles y caminar erguida hace más de 3 millones de años. Un día como hoy, 24 de noviembre, hace casi 50 años, un equipo de paleoantropólogos descubrió 52 huesos de su esqueleto. Ella podría ser el eslabón perdido que nos une evolutivamente al orden de los Primates.

Su nombre, Lucy, se debe a que esa noche los científicos celebraron el hallazgo escuchando el disco de los Beatles, “Lucy en el cielo con diamantes”.

No pasó del primer año de medicina; luego empezó teología, pero fue su viaje naval en el Beagle en el que conoció miles de especies y seres humanos salvajes y primitivos que lo llevaron a pensar que somos tan parecidos que podíamos compartir ancestros y algo más. Aunque otros habían planteado eso, Darwin acompañó sus teorías con miles de observaciones que le dieron solidez y lo hizo con tal sencillez que lo comprendieron científicos y comunidad en general.

El libro, “El origen de las especies”, salió publicado un día como hoy, hace más de 160 años; los 1250 ejemplares se vendieron en un día. Nos enseñó que una especie, sometida a situaciones especiales, puede generar pequeñas variaciones, imperceptibles, que luego de millones de años pueden transformarla en otra especie nueva. Es una guerra evolutiva, una permanente batalla llamada selección natural en que algunos desaparecen y los más adaptados sobreviven y nos trajo donde estamos a partir de un antepasado común a todas las especies.

Años después, Haeckel magistralmente dibujó las 24 transformaciones desde la célula primigenia hasta el ser humano. Una cadena en la cual Lucy es solo un eslabón. Sus teorías, que inicialmente chocaron con la iglesia, fueron confirmadas por la ciencia, el tiempo y la evidencia generándole tal reconocimiento que fue enterrado en la abadía de Westminster cerca de Isaac Newton.

La evolución de una ciudad requiere planeación y organización. Eso haría el POT. En teoría orienta, por 12 años, cosas tan disimiles como patrimonio cultural, medio ambiente, recursos naturales, servicios públicos, infraestructura, entre otros.

Por estas calendas cumplimos 20 años de un POT que además de ser ya obsoleto parece que poco ha hecho por adaptar la Fantástica y garantizar su supervivencia y crecimiento. Aquí no se ven megaobras perdurables y trascendentales como en otras ciudades. Solo pequeños cambios cosméticos que no parecen garantizar una ciudad sostenible a largo plazo. Ya lo decía Darwin: “No es el más fuerte el que sobrevive, tampoco es el más inteligente. Es aquel que es más adaptable al cambio”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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