Columna


La extinción del Manatí

JESÚS OLIVERO

12 de febrero de 2016 12:00 AM

“Una noche, en mi último viaje de 1948, nos despertó un lamento desgarrador que llegaba de la ribera. El capitán Clímaco Conde Abello, uno de los grandes, ordenó buscar con reflectores el origen de semejante desgarramiento. Era una hembra de manatí enredada en las ramas de un árbol caído. Los vaporinos se echaron al agua, la amarraron con un cabrestante, y la desencallaron. Era un animal fantástico y enternecedor, de casi cuatro metros de largo, su piel era pálida y tersa, y su rostro era de mujer, con grandes tetas de madre amantísima, y de sus ojos enormes y tristes brotaban lágrimas humanas. Fue al mismo capitán Conde Abello a quien le oí decir por primera vez que el mundo se acabaría si seguían matando a los animales del río y prohibió disparar desde su barco. ‘El que quiera matar a alguien que vaya a hacerlo a su casa’, gritó. ‘No en mi barco’.”  

El texto anterior, del Nobel, García Márquez en El Espectador, describe la riqueza del Magdalena y la magnificencia del manatí. Aunque aquí los niños mueren de hambre cerca de las minas de carbón que alimentan la economía nacional, nada justifica la matanza de manatíes en Mahates, Bolívar, según algunos, por el hambre y la pérdida de la pesca. Aterra que al igual que en una masacre, solo luego de matar más de veinte manatíes aparece la autoridad, Cardique, y habla de trasladar, si es necesario, a los sobrevivientes a lugar seguro o llamar a fundaciones especializadas para que actúen. Si la comunidad y los medios no hubiesen denunciado esas muertes, nadie las recordaría. Aunque los presupuestos para ambiente son muy escasos, nada justifica que Cardique llegue solo a mostrar sus osamentas y carcazas. Esperamos más, de una entidad de protección ambiental. No es sólo matar a garrote a unos animales enormes y parecidos a los humanos, sino a una especie para ayudar al desarrollo de Mahates y la región. Muchos turistas pagarían sólo por verlos unos segundos, sin mencionar los beneficios académicos e investigativos si a estas inofensivas sirenas de río las dejáramos nadar en nuestras ciénagas.

Si los recursos para proteger los manatíes y para la educación ambiental no están en Cardique, es negligencia. El negocio de los cruceros en Cartagena, por ejemplo, sacaría con gusto una fracción de sus ganancias para programas en defensa de esta especie, lo cual atraería más turistas y daría más desarrollo a otras zonas de Bolívar. Muchas entidades internacionales también tienen fondos. Falta gestión, liderazgo y visión: llamadas, correos electrónicos y Skype. Nada más. Por ahora, no me salen de la mente los gritos y lágrimas de estos animales en su inmisericorde camino hacia la muerte a palo y machete. Nuestra violencia también es ambiental.  

*Profesor
@joliverov