La fórmula perfecta

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

*lng. Electrónico, MBA.

El objetivo no es perseguir corruptos, es acabar con la corrupción mediante políticas públicas, y buen ejemplo. Las denuncias públicas a través de los medios, y/o ante las entidades encargadas de investigar y sancionar, aunque no se deben abandonar, no están mostrando efectividad: ya nadie cree en ellas. Entre otras, porque los montajes son cada día más y tan perfectos, que ya ni la realidad se tiene como tal; pero también porque, como consecuencia de lo anterior, los corruptos han perdido toda vergüenza (esa que, junto al temor a Dios, eran los grandes reguladores de la conducta antaño), escudándose en persecuciones política y montajes.

Es el tema que más preocupación y rabia genera, porque mientras el grueso de la población tiene que trabajar toda una vida, aquellos en quienes se ha depositado el voto de confianza, se enriquecen en pocos años con dineros públicos, y porque ese dinero se le roba al ciudadano que debe recibirlos en buenas obras públicas y mejores servicios sociales. Y como los presupuestos son cada vez más altos y las obras más costosas (hay que inflarlas para poder repartir y ganar), los sobornos también; tanto, que compran cualquier conciencia.

No obstante, dudo que desde las regiones se pueda hacer algo más que dar buen ejemplo, porque desde el poder central (jueces, congreso y gobierno) no se toman los correctivos. La Ley 80 se ha modificado muchas veces buscando criterios objetivos de adjudicación, y nada; el ideal de un pliego en que las ofertas sólo se diferencien en el precio, no se ha conseguido; pero, además, no todo es posible de licitar: piense en la economía naranja, y en los estudios y asesorías, entre otras erogaciones.

En mi opinión, ‘la fórmula perfecta’ es romper la alianza tácita que se da entre contratista y contratante, porque ambos ganan, aprovechando el malestar que surge en el primero al ver que con su trabajo y bajo el riesgo de quebrar (los ha habido), enriquecen al que firma. Ese vínculo perverso y pernicioso se rompe si empezamos entendiendo, aprovechando el símil religioso, que al diablo no se le puede culpar por las tentaciones, sino al alma que peca: es decir, al burócrata que se ha ganado nuestra confianza y administra los dineros públicos. Ese es el que peca, y a ese es a quien hay que sancionar. Olvídense del contratista, que, si antes era el que tentaba, hoy es obligado a entregar una parte importante del precio para ser adjudicado. Si se le libra de cualquier sanción legal, surgirá automáticamente en el burócrata el temor a ser denunciado, desestimulándose la conducta. Eso, acompañado de la extinción de dominio, que al no existir, estimula la corrupción. El enojo ciudadano no recae sobre Odebrecht, por ejemplo, si no contra los funcionarios que cedieron ante la tentación, o pusieron sus condiciones personales para adjudicar, siendo que nos representan a todos.

TEMAS

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Columna

DE INTERÉS