Columna


La invisibilidad de las intenciones

IGNACIO MADERA VARGAS

11 de febrero de 2024 12:00 AM

En uno de los evangelios de la liturgia de estos últimos días se recordaba que lo que daña a los seres humanos es lo que sale de dentro y no lo que viene de fuera, refiriéndose Jesús a las tradiciones judías con relación a los alimentos (Mt.15,1-20). Y ciertamente es complejo identificar la verdad de las intenciones que brotan del interior de los gobernantes, de los partidos políticos, de los gremios del poder económico, de las cortes y de los medios de comunicación social.

Cuando el pueblo de Israel se preguntó por la condición humana las tradiciones históricas de Israel retrotraen el origen de la violencia a lo orígenes mismos de la humanidad, cuando un hermano mató al otro por envidia y celos (Gen 4, 9-26). Todos los episodios de violencia que nos señala el Antiguo Testamento, algunos mezclando a Dios como partidario en función de los intereses de Israel, son superados cuando llega Jesús de Nazaret a revelarnos quién y cómo es Dios. No el Dios guerrero que secunda la violencia sino el padre de la misericordia y Dios de todo consuelo que nos trae la paz, no como la da el mundo. ¿Será que todo este programa de Jesús es posible, es decir, que el imperio de la justicia y de la coherencia para poder tener autoridad es posible?

Ante todo recurso a la violencia como modo de dominar por la fuerza unos pueblos sobre los otros, o al interior de los pueblos, sus gremios de poder, surge la palabra que quiere abrir los oídos y los ojos para señalar que mientras el reino no se construya en la justicia, en la verdad y en la solidaridad; mientras se llame misericordia a la lástima y no compañía decidida ante el dolor del tirado a la orilla del camino, los seres humanos seguiremos siendo lobos los unos para los otros.

No solo asesinando sino violentando criterios, generando estrategias no tan santas que a ojos vistas muestran las reales intenciones politizadas de sus poderdantes... y se va cocinando el caldo de cultivo de una violencia que luego se vuelve incontrolable. Brota la urgencia de asumir con verdad y no con promesas lisonjeras, las llamadas del episcopado a la búsqueda de un diálogo sincero y desinteresado, que ante todo, mire los sufrimientos de los más pobres. Por ello, una decidida voz profética unida a las acciones de apoyo a todas estas directrices es lo que se espera de quienes se confiesan creyentes y católicos fervientes, quienes, teniendo en sus manos el poder de decidir por la serena paz y el diálogo o por exacerbar la polarización y lanzarnos al torbellino infernal de la violencia que puede no tener retorno en mucho tiempo. Dios y los colombianos así no lo queramos.

Que salgan a la luz las reales intenciones de construir la paz por hechos de justicia, verdad, solidaridad y amor, es el desafío del presente.

*Teólogo, Parroquia Santa Cruz de Manga.

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