Columna


La ira y los momentos críticos

Christian Ayola

27 de enero de 2022 12:00 AM

En la parte más alta del vecindario del cerebro humano, viven las neuronas de la corteza prefrontal; las de la calle lateral izquierda, son aquellas que creen que saben todo acerca del mundo que nos rodea; sus vecinas, las de la corteza prefrontal medial se saben todos los chismes sobre nosotros mismos; en el barrio de abajo residen las amígdalas, dos gemelas vigilantes y terriblemente reactivas, son las que avisan si algo anda mal; a su lado encontramos el hipocampo, este personaje tiene la libreta más corta para analizar si un evento crítico nos puede dañar; así no hay que pedirles a las complicadas y sabiondas neuronas de la corteza, que participen para resolverlo.

Cuando afrontamos un evento crítico, la estructura responsable de la respuesta inicial es la amígdala cerebral, ella se activa como un sensor de incendio. La vía que va, desde el órgano sensorial, vista, olfato u oído, recorre un camino corto hasta la amígdala, el camino que llega a la corteza es más largo; de tal suerte, que cuando somos conscientes de una amenaza, ya nuestro sistema automático de defensa se activó. La corteza es ineficiente para resolver una amenaza; primero, porque se entera tardíamente; segundo, porque tiene demasiados archivos, y si dependiéramos de ella para sobrevivir, como raza humana tal vez nos hubiésemos extinguido hace miles de años.

La amígdala tiene un vecino muy eficaz que es el hipocampo, que contiene archivos con una memoria ultra-rapidísima, que permite distinguir si al animal que nos ataca podemos comérnoslo o si nos puede comer; de ello dependerá si corremos o atacamos, dos de las respuestas primarias ante un evento crítico; y si no podemos optar por ninguna de las dos, nos paralizamos, o nos hacemos los muertos, inicialmente no tenemos otra conducta de supervivencia; más tarde, si el estímulo amenazante perdura, entran otras funciones mucho más ejecutivas, como negociar o someterse.

Durante el evento crítico la corteza prefrontal está suprimida, por ello falla la razón durante su resolución; y por lo mismo, no contamos con un buen referente autobiográfico de cómo lo resolvimos, la corteza lo inventará después, y nuestra mente quedará convencida de que así fue, nos parecerá el ataque mucho más grave de lo real, o que nuestros actos de defensa estuvieron justificados. No obstante, la corteza (control racional), ante la percepción de un ataque, algunas veces supuesto, otras real, es el freno que nos permite la convivencia social. La capacidad de reflexión nos diferencia del primate interior.

Aristóteles en el libro de Ética dedicado a su hijo Nicómaco, dijo: “Cualquiera puede tomar rabia, pero hacerlo en el momento oportuno, con la persona indicada y con las palabras correctas, es solo de personas inteligentes”.

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