La máquina de Thoreau

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

Un buen gobierno se mide por su capacidad para aprender de las marchas en su contra. No hay lección más instructiva que el desacuerdo y la molestia de la gente. Con ellos los gobernantes pueden tener consciencia de sus errores y, si son sensatos, intentar corregirlos. De modo que un presidente serio encuentra diagnósticos útiles sobre su política pública en cada pancarta de protesta, en cada paro anunciado por los trabajadores y los estudiantes. Los políticos en el poder, cuando son auténticos líderes, atienden las marchas como la voz del más extraordinario y democrático de sus consejeros.

Lastimosamente, eso es lo que no está haciendo Iván Duque. A sus cuarenta y tres años, el presidente de Colombia se ha ido quedando sordo ante el clamor ciudadano. “¿De qué me hablas viejo?” les dice a los periodistas sobre la realidad nacional. Mientras continúa el asesinato de líderes sociales, los escándalos morales de sus ministros, el incumplimiento de los Acuerdos con las Farc y la precariedad de la educación pública, Duque parece perdido en una república imaginaria donde todo está bien y las inconformidades de la población son solo hechos aislados. El partido político que lo respalda, el Centro Democrático, se ha ingeniado algo peor: un mundo de ultratumba poblado por los fantasmas de la esquizofrenia. En sus descabelladas alucinaciones han pasado del “castrochavismo” y “la dictadura del lobby gay” a una supuesta desestabilización política generada por los “anarquistas internacionales” y el “Foro de São Paulo”, a quienes les adjudican el paro nacional del próximo 21 de noviembre.

Ya lo dijo María Jimena Duzán en su columna de Semana: se trata de unos delirantes que nos quieren devolver a una guerra inventada por ellos mismos. Por eso el uribista José Félix Lafaurie ve rituales satánicos que apoyan el mencionado paro en donde solo hay una obra de teatro y la senadora María Fernanda Cabal señala de “terroristas transnacionales” a cuatro reconocidos youtubers. Es la paranoia en todo su esplendor, construida minuciosamente para manipular a los incautos.

En su ensayo ‘Sobre la desobediencia civil’, Henry D. Thoreau planteó que el Estado es como una máquina en la que a veces hay fricciones molestas que la población permite, porque es mayor el bien que recibe de ella; sin embargo, cuando esas fricciones se apoderan de la máquina y la opresión y el robo se institucionalizan, la gente terminará diciendo: “Deshagámonos de esta máquina”. Este 21 de noviembre, en lugar de negar la legitimidad del paro, el gobierno debería prestar más atención a las exigencias de los ciudadanos. No vaya a ser que los colombianos cansados por el ruido de una máquina defectuosa llamada uribismo, decidan desarmar pieza por pieza el artefacto, con presidente incluido.

*Escritor.

TEMAS

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Columna

DE INTERÉS