Columna


La masacre del manglar

JESÚS OLIVERO

23 de febrero de 2024 12:00 AM

A alguien, probablemente un funcionario de alto nivel de la Alcaldía, o de alguna de las instituciones que ‘cuidan’ el ambiente de la ciudad, se le ocurrió que una de las formas de mejorar las condiciones ambientales del Caño Juan Angola era cortar el bosque de manglar ubicado sobre sus orillas. A estas alturas del siglo XXI, con tanta información disponible sobre los servicios ecosistémicos que brinda el manglar, la posibilidad de consultar el conocimiento universal mediante inteligencia artificial, la inundación de comerciales sobre el país de la belleza, y el día a día local que nos muestra cómo el cambio climático nos devora inexorablemente, actos como este resultan de un nivel absoluto de desconocimiento sobre mitigación y adaptación al cambio climático, y son despreciablemente desafortunados, desde lo académico, social, cultural, económico y patrimonial, entre otros aspectos.

No hemos sido capaces de cuidar el Cerro La Popa, no solo como bio-recurso para generar oxígeno, sino para disminuir la contaminación del aire y bajar la temperatura promedio de la ciudad, por mencionar solo tres de sus aportes a nuestro bienestar. Ahora también queremos destruir el manglar, sin tapujos ni remordimientos, como si fuese maleza, algo que estorba la libre movilización de lanchas por el canal, lo que aleja a nuestra aldea de parecerse a Venecia. Sigan con esas estupideces. En fin, una masacre como la ocurrida con la pérdida de unos 10 mil a 15 mil árboles maduros, por lo bajo, solo muestra lo lejos que estamos de asomarnos un poquito al concepto de ‘desarrollo sostenible’, dos palabras que no avanzan más allá de una retórica hipócrita y de un profundo desprecio por la vida de parte de aquellos que nos gobiernan.

El manglar debería tener una protección estatal a alto nivel, al igual que el río Atrato, ser sujeto de derechos. La utilización y protección de este recurso, aún con un nivel de inteligencia mínimo de los que lo gestionan, siempre brindará beneficios a las junglas de cemento, que como la ciudad, de manera inmisericorde, elevan la temperatura para afectarnos la salud de multiples formas. Este ecosistema alberga infinidad de laboratorios para aprender sobre recursos hidrobiológicos, exhibiciones de museos de historia natural, y hasta la posibilidad de ofrecer servicios de turismo científico. ¿Por qué destruir algo con tantos beneficios para todos?

Por mi parte, extrañaré el oxígeno, la sombra, la biodiversidad que jugueteaba entre sus ramas, lo verde de la avenida, el aire libre de partículas que filtraba, pero para levantarme el ánimo, el sonido de todo tipo de pájaros que en la tarde te hacían sentir que estabas llegando a un paraíso. Necesitamos el manglar de regreso.

*Profesor.

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