La medida del infinito

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La estupidez humana es la medida del infinito o como se atribuye a Einstein: “La estupidez y el genio se diferencian en que el genio tiene límites”. Se dice humana porque los animales no son estúpidos; un burro es lo que es: burro, pero no estúpido. No se conocen burros inteligentes. Carlo M. Cipolla fue un profesor italiano de economía en la U. de California, Berkeley, fallecido en el 2000, que escribió una divertida tesis acerca de Las leyes básicas de la estupidez humana. El tracto anda por ahí en las redes entre los amantes de la sabiduría y el humor. Utilizando instrumentos de análisis económico, Cipolla divide a la humanidad en cuatro grupos: los buenazos; los inteligentes; los pérfidos; y los estúpidos. Los primeros no añaden valor, ni para sí ni para los demás; los inteligentes añaden valor para sí y para los demás; los pérfidos añaden valor para sí, pero no para los demás, cuando no restan; y los estúpidos no añaden valor para nadie y mas bien substraen. La estupidez es una plaga de la humanidad uniformemente distribuida en proporción constante. De ahí que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de sus demás características. La educación no tiene nada que ver. La proporción es igual para hombres, mujeres, razas y posición social. La característica del estúpido es restar valor sin derivar ganancia para sí y por el contrario ocasionándose pérdidas. Es un comportamiento incomprensible. Nadie entiende por qué esas disparatadas criaturas hacen lo que hacen. Los demás son solo a veces inconsistentes y actúan como estúpidos, mientras que los estúpidos lo son siempre en cualquier cosa que emprenden. Y los superestúpidos causan mal y se lo causan, como los generales que ocasionan bajas horrendas y los hieren en el ojo. Los estúpidos son especialmente peligrosos porque son impredecibles. Contra los demás, incluidos los pérfidos, se pueden construir defensas. Pero la gente normal, bobos, pérfidos o inteligentes, no alcanza a entender un comportamiento irracional que dispara para todos lados sin ton ni son, desafiando la lógica. Las instituciones magnifican su peligrosidad, como lo constatan en ocasiones quienes tratan con el Estado. Confrontado contra la estupidez irracional, el ciudadano queda inerme, incapaz de defenderse porque el ataque carece de estructura racional. No hay manera de escapar del estúpido salvo por azar porque sus movidas subsiguientes son aleatorias. Lo peor es que al estúpido se le subestima, a pesar de ser la persona más peligrosa para la humanidad. Los demás olvidan que asociarse o confiar en los estúpidos resulta un error costoso. No por malos ni buenos, sino por estúpidos. Es el maligno poder de la estupidez.

Don Sancho trataba de evitar la estupidez, pero se tropezó con ella en la toma de Cartagena por los franceses en 1697. Schiller apostillaría más tarde que “contra la estupidez, los dioses mismos luchan en vano”. No hay que hacerse ilusiones: los estúpidos son una proporción constante que no disminuye con la prosperidad. La proporción es siempre la misma y muchas veces los inteligentes no logran mantenerlos a raya. Miren alrededor.

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