Columna


La mejor vacuna

CARMELO DUEÑAS CASTELL

CARMELO DUEÑAS CASTELL

16 de septiembre de 2020 12:00 AM

Hace unos 12.000 años apareció la viruela (variola, en latín, pústulas pequeñas) lesiones de piel llenas de pus, con una mortalidad mayor del 30% y horribles cicatrices en quienes se salvaban. Hace más de 1.000 años un monje chino hacía incisiones en la piel de personas sanas y les ponía pequeñas cantidades de pus de pacientes con viruela. A esta técnica se le llamó variolización, que no es más que la inoculación del virus esperando que la persona desarrolle una enfermedad leve y que, al recuperarse, quede con inmunidad permanente. Era peligrosa puesto que en ocasiones las personas fallecían. La variolización se usó hasta que, en 1796, Jenner inoculó viruela de la vaca e inició la era de la vacunación. La viruela se erradicó del mundo hace 40 años.

Desde el principio de la pandemia se hizo evidente la necesidad de usar mascarilla para prevenir la transmisión de la enfermedad. A pesar de su demostrada utilidad y eficacia, la exigencia de usarla, de manera obligatoria, y la adherencia a su uso ha sido muy variada. La COVID-19 tiene una mortalidad menor al 3%; sin embargo, la ineptitud de algunos gobernantes, la desobediencia comunitaria y la falta de recursos sanitarios incrementaron la mortalidad hasta el 10% en algunos países. Es imposible erradicar la enfermedad con las medidas drásticas que arruinaron al mundo. Incluso la mejor de las vacunas no logra prevenir todas las infecciones y en ocasiones producen una infección leve. Así aumentar la proporción de casos leves o asintomáticos sería una victoria de salud pública.

Una antigua teoría sostiene que la gravedad de una enfermedad es proporcional a la cantidad de virus que invade el organismo. Se ha demostrado que a mayor cantidad de SARS-CoV-2 que ingrese al organismo mayor severidad de enfermedad y mayor riesgo de muerte.

Las mascarillas pueden filtrar algunas gotas con virus y por ello, además de evitar el contagio en la mayoría de casos, reducirían la cantidad de virus inhalado. Según el CDC de cada 100 infectados, 40 son asintomáticos. No obstante, en un crucero argentino y en dos plantas de alimento se demostró que el uso obligatorio de mascarillas llevó a que 81 y 95% de casos fueran asintomáticos. Además, países que implementaron el uso obligatorio de mascarillas mostraron tasas de infección asintomática superiores a 80%, con menos casos graves y menor mortalidad, inclusive a pesar del resurgimiento de casos después de suspendida la cuarentena general. La evidencia crece en favor de que el uso universal y obligatorio de mascarilla serviría para reducir las tasas de transmisión, los casos graves y la mortalidad, y sería una forma de variolización que desaceleraría la propagación del virus, aumentaría las infecciones asintomáticas y generaría inmunidad.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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