La mentirosa verdad

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Este año he empezado a dar clases de literatura en una universidad de la ciudad. Se trata de cursos libres, no obligatorios ni exclusivos en el pénsum de una carrera, de modo que al salón de clases llegan estudiantes de distintas procedencias. Ingeniería, finanzas, comunicación social, contaduría, sicología o derecho. Son como un país en miniatura. Algunos han escogido la asignatura por interés, otros han sido empujados a ella porque ya no había cupo en una más encantadora o porque su horario solo permitía ese espacio de los viernes. A todos ellos es probable que un colega no matriculado en mis horas de Rulfo y García Márquez les pregunte riendo: “¿Y eso para qué te sirve?”

Duro interrogante, pues no se sabe con exactitud para qué sirve la literatura. Incluso mis amigos de otros oficios más científicos, cuando nos tomamos un par de cervezas, cuestionan el aporte real que mis clases pueden hacerle al mundo. Ellos que discuten leyes, catalogan primates o inspeccionan el circuito eléctrico de un edificio, no están muy convencidos del beneficio que se obtiene leyendo sobre geografías imaginarias y personajes que jamás han existido afuera del papel. ¿Qué enseñanza práctica se puede extraer de una historia ficticia que ni siquiera pretende ser una fábula? ¿Cómo pueden Juan Pablo Castel y Sancho Panza darnos lecciones sobre nuestro universo si el de ellos está construido con embustes? Preguntas de ese estilo van y vienen, convirtiendo cada reunión en un paredón de fusilamiento.

Como aquel personaje de “El milagro secreto”, de Borges, pediré por un instante que se detengan en el tiempo las balas de este pelotón que me sonsaca y, en esa paz transitoria, intentaré dar mi respuesta.

El valor de la literatura, más allá del placer estético que provoca, se lo da su capacidad para revelar verdades sobre la condición humana en historias que han sido elaboradas con engaños y artificios narrativos. Lo decía Octavio Paz a su manera en un poema cortísimo: “Quiso cantar, cantar/ para olvidar/ su vida verdadera de mentiras/ y recordar/ su mentirosa vida de verdades”. En una sociedad donde la democracia no es lo que dice ser y las constituciones políticas pregonan derechos que no se tienen, la mentirosa literatura lleva a sus lectores una encomienda repleta de sabiduría. Leyendo sobre personas completamente inventadas los seres humanos aprendemos a ponernos en los zapatos del otro. Cuando leemos, habitamos otras mentes. Una buena novela sobre una mujer maltratada, un negro segregado o un homosexual, nos transporta a esas conciencias diferentes. Es lo que algunos escritores han llamado imaginación moral.

Sonrío con la ironía del ingeniero que puede alzar un puente de concreto entre dos montañas y es incapaz de tender uno entre su conciencia y la de los demás.

*Escritor

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