Columna


La metáfora de las palomas

GERMÁN DANILO HERNÁNDEZ

21 de septiembre de 2021 12:00 AM

Uno de los mecanismos efectivos para comprender situaciones complejas es explicarlas con comparaciones a menor escala o encontrando alegorías. Solía acudir a esa técnica con mis alumnos cuando ejercía como docente universitario, y la conservo para interpretar acontecimientos que parecieran desbordar la racionalidad.

Bajo el título “Es un hecho, la bahía de Cartagena es un paciente terminal” El Espectador publicó los resultados de investigaciones de expertos de las universidades Eafit, Cartagena y de los Andes, con apoyo de entidades como Cardique y financiado por el Centro de Investigaciones para el Desarrollo, que revelan que esta tiene niveles contaminantes de mercurio, cromo, plomo y níquel por encima de lo permitido, lo que genera “una calamidad ambiental y un riesgo para la salud pública”.

Aunque desde hace décadas se conocen las infamias que padece la bahía, cada que aparecen estas evidencias surgen reacciones mediáticas y controversias que intentan resolver lo aparentemente inexplicable: ¿Cómo es posible convivir con tan extremos niveles de degradación de un recurso natural esencial? Encontré la metáfora explicativa en una escena cotidiana en una calle del Centro Histórico de la ciudad: un grupo de palomas se refrescaba del sofocante calor en las aguas desbordadas de una alcantarilla, se alimentaban con residuos orgánicos y tropezaban con sus alas cuando otras intentaban invadir su espacio de comodidad. A pesar de lo grotesco, encontré semejanzas de lo que ocurre con la vida en torno a la bahía de Cartagena, con seres humanos que se disputan sus espacios para explotación económica, movilidad, esparcimiento, o sintiéndolos como propiedad conquistada, sin percatarse o sin importarles, que se regodean en una cloaca.

Otras personas, por necesidad, subsisten de las “bondades” de sus aguas como la pesca artesanal, motivando también la contaminación de su sangre a “nivel de alerta” por las múltiples enfermedades que genera, según las pruebas realizadas, en las comunidades de Barú, Ararca y Tierrabomba, al igual que las palomas del Centro, no tienen otra alternativa de vida.

Entretanto, los vertimientos industriales y de aguas residuales domésticas siguen sin parar a la bahía. Mientras las concentraciones de mercurio (que no es el único contaminante), están en sus profundidades “27 veces más altas que el umbral de riesgo probable”, su superficie se disputa en batallas sin cuartel por la construcción privilegiada de marinas, por ejemplo.

Los expertos plantean soluciones, tan complejas y de largo plazo, que incluyen la creación del “Plan Maestro de Restauración Ecológica de la Bahía de Cartagena” al que obliga una sentencia del Consejo de Estado. No obstante, el primer y más importante avance sería el de superar la mentalidad de palomas que ha primado en las relaciones con las aguas que nos rodean.

*Asesor en comunicaciones.

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