La morrocota

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El niño no alcanzaba los 12 años de edad y ya nadaba como pez en el río y correteaba terneros en los potreros hasta alcanzarlos para deleite de los vaqueros, que lo llamaba vuelamasquelviento.

Era mulato, hijo de un blanco elegante y una negra hermosa que embrujaba con su andar resplandeciente.

La conoció en una ciénaga diáfana donde iba a comprar novillos para llevarlos al mercado de una ciudad lejana por caminos de herradura. Recorría largos trechos a caballo para verla y cuando la tuvo cerca enfermó de fiebre en el cuerpo y dulce desesperación en el alma.

Era como una posesión. Decía que lo había hechizado, que lo mataría de amor. Ella le regaló un cálido susurro: -a las mujeres no se les conquista con miedo. Si no quiere, no quiere. El hombre propone, la mujer dispone-. Decía que lo que más le gustaba era su nombre. Se llamaba Bolívar, como el gran jinete caraqueño que vivió media vida sobre su caballo.

De ese cruce nació el niño que comenzó a andar con su padre por el río y la sabana. Lo llevó al seno de su familia donde la prosperidad se veía desde lejos. Cierta vez su rico abuelo tío le dijo que fuera a buscar a un señor a quien le vendería 500 novillos. El hombre vino, conversaron, cerraron el negocio y pagó con morrocotas de oro.

Por la tarde del otro día el patriarca mandó al niño otra vez donde su amigo porque debía comentarle algo importante. Cuando llegó le miró fijo a los ojos y le dijo: -debe excusarme pero mire usted que faltó una morrocota-. El comprador, confundido, respondió: -Las traje todas pero si usted lo dice, no hay problema, con su palabra basta-. Fue a su casa y regresó con otra valiosa morrocota.

Dos días después el niño jugaba en el patio cuando vio una morrocota en el suelo. La tomó, corrió y contó de su hallazgo. Don Arturo lo mandó a buscar a su amigo. Lo esperó en la mesa del comedor y le dijo apesadumbrado: -ahora debo excusarme doblemente, el niño encontró la morrocota. Tómela que es suya y perdone tanta molestia-. -No hay de qué-, anotó el amigo, echó la pieza al bolsillo, se despidió y fue en busca de sus novillos.

El niño Everardo creció. Aquella lección de honradez y pulcritud se convirtió en su herencia más preciada y su más grande riqueza. Le sirvió para toda la vida y la ejerció con decoro hasta sus 89 años cuando feliz abandonó la tierra y se convirtió en espíritu.

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