La nostalgia del poder

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Iniciando el año 2020 dos hechos noticiosos llamaron la atención de la comunidad, ambos relacionados con la actitud de exmandatarios municipales salientes. En El Carmen de Bolívar la sede permaneció cerrada, pues el exalcalde argumentó tener dolor de cabeza, lo que impidió que la nueva administración iniciara labores desde allí. En Lorica (Córdoba) la exalcaldesa desmontó las adecuaciones físicas realizadas con su patrimonio particular, resultando incluso jocoso que se llevara hasta el sanitario.

Estas circunstancias originan mi reflexión, la cual está circunscrita a las curiosas acciones de quienes, después de experimentar el poder, lo pierden. Para llegar a una conclusión es necesario abordar varios conceptos; iniciemos por destacar la existencia de diversos mandatarios entre los que resalto al ideal, ese que está motivado por una auténtica vocación de servicio, para quien el bien común es el objetivo y, para lograrlo, declina de intereses particulares como el tiempo en familia, el prestigio y la tranquilidad.

Estas últimas son gajes inherentes a la función pública, el político con razón o no, será vilipendiado y además se enfrentará a toda suerte de investigaciones que lo mantendrán en zozobra permanente, incluso después de cumplido su período, algunos por el resto de su vida. Lo cierto es que estas personas asumirán la dejación de la autoridad con gallardía, facilitarán todas las herramientas para que el sucesor continúe sin ningún contratiempo, siempre pensando en el bienestar del conglomerado y buscando estrategias para servir desde cualquier orilla en que se encuentre.

Por otro lado encontramos al narcisista, ese que tiene el poder como una forma de admirarse y ser admirado, no posee un verdadero interés en la comunidad, pues solo busca los elogios y el reconocimiento. También se distingue el megalómano, para quien el poderío es lo más importante como elemento de su vanidad, pero no para hacer el bien, prefieren ser temidos que amados.

Estos últimos, ante la ausencia de potestad, los embargarán sentimientos de nostalgia, tristeza y melancolía, al punto de la depresión. Añorarán los tiempos en que vivían entre adulaciones y lagartos, para ese momento descubrirán que todo era una vana ilusión y que la multitud que los rodeaba rápidamente se convierte en soledad. Obviamente no facilitarán la labor de quien los reemplace, su ideal nunca fue la comunidad, sí el deseo egoísta de autosatisfacción, como lo dijo T. Jefferson: “No he podido concebir cómo un ser racional podría perseguir la felicidad ejerciendo el poder sobre otros”, se refería al ejercicio mal sano. No encuentro nada más glorioso que gobernar a los iguales con amor, generosidad y humildad, ahí está la clave para lograr, dentro del estándar democrático, el cumplimiento de los fines estatales.

*Abogado.

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