La novicia rebelde

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Guido García Pareja había llegado de México especializado en Cirugía Plástica y alzando el trofeo Guantes de Oro del D.F. donde privó a varios manitos y alcanzó fama. Se casó con Telma Méndez, bella mujer a quien el pintor español Pablo San Segundo Castañeda honró con un óleo imponente que adornó la sala de la familia Méndez Torralbo en la calle Real de Manga.

Guido era extrovertido, dicharachero y enamorado, pero por sobre todo cirujano plástico de lujo. Fue quien revolucionó la belleza en esta ciudad: narices respingadas, senos erectos y glúteos de mármol dieron vida a lo que parecía imposible. Como hombre Caribe con ancestros del Sinú y Cartagena era bailador de postín en clubes, como también en casetas o en donde fuera posible escuchar a Alcy Acosta, Roberto Ledezma y se pasara bien. Fue amante del boxeo y del béisbol, en México hizo guantes con Rubén Olivares y Chucho Castillo, por eso sus discusiones solían terminar a puño limpio. En época de cursillos de cristiandad, a regañadientes decidió participar. Eran en la cima de La Popa. Telma, feliz, invitó a sus amigas de la avenida Miramar a una misa. Aquello era un milagro. Cuando hacían sus presentaciones, algunos confesaban faltas y debilidades: Cuando le tocó el turno, Guido arrugó la cara y dijo: “Primero muerto que confeso”. En la última charla, ya de noche, lo ubicaron entre las sillas de Don Alberto Samudio y Camilo Caviedes, dos reconocidos apóstoles de nuestra santa iglesia católica. Nervioso brincaba en la silla y se rascaba su fulgurante calva pecosa y amplia. Cuando llegó la hora de dormir pasó a su habitación pero en el desayuno no apareció. Se fugó de La Popa y por eso en Cartagena lo bautizaron con el remoquete de la famosa película, La Novicia Rebelde.

Era generoso y servicial, por eso a Doña Zoila, una paciente suya que superó extirpación de senos, la ayudó en su campaña de apoyo a otras mujeres que pretendían senos nuevos y bien presentados. Un día visitaron a Domitila en su habitación. Guido no pronunciaba una sílaba mientras que Zoila levantando el pecho le dijo a la mujer: mira lo bien que quedé, están perfectas, y abriéndose la blusa le mostró un par de toronjas espectaculares. De repente entró un señor de edad, escachado, torcido y mueco. Zoila preguntó: ¿Y este quién es? Mi esposo, respondió Domitila. Miércale, mija, anotó Zoila, quédate como estás, no gastes un chivo que este hombre no vale la pena, deja tus tetas así, que él ni cuenta se dará. Guido salió soplado. Se mudó a Barranquilla para que nunca más lo llamaran La Novicia Rebelde.

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