Columna


La nueva derecha radical

YEZID CARRILLO DE LA ROSA

02 de marzo de 2024 12:00 AM

Los términos ‘derecha’ e ‘izquierda’ fueron usados por primera vez en la Asamblea Nacional Constituyente francesa (1789). A partir de entonces –en el siglo XIX– a los liberales se les asoció con la izquierda y a los conservadores con la derecha. Posteriormente, la izquierda se identificó con el comunismo o socialismo, la centroizquierda con los liberales socialdemócratas y la centroderecha por el conservadurismo liberal, dejándole al conservadurismo clásico el espectro de la derecha, quienes a principios de siglo XX se aliaron con el fascismo y el nacionalsocialismo.

La derecha, sin embargo, ha venido transformándose después de los años 60. Primero, se autodenominó ‘nueva derecha’, lo que le permitió desligarse del fascismo y el nazismo e, incluso, criticarlo; segundo, escogió como nuevo campo de lucha no los partidos políticos, sino la esfera prepolítica (educación y cultura) y, para ello, se apoyó –paradójicamente– en la teoría (marxista) de la hegemonía de Gramsci; finalmente, en el siglo XXI va a unir activismo político, espacios digitales y lucha cultural, como lo mostró el triunfo de Trump, el que no hubiese sido posible sin el ejército de ‘guerreros culturales’ que participan del movimiento alt-right (derecha alternativa).

Esta nueva derecha, a diferencia del conservadurismo clásico, se caracteriza porque no quiere preservar ningún orden, todo lo contrario, es anti-establishment, disruptiva y cuasi-revolucionaria (Trump, Bolsonaro, Marine Le Pen, Meloni o Mile); adicionalmente, promueve las diferencias política más que el consenso, no les importa romper las reglas de cortesía tradicionales (insultan, agreden, mienten) y estimula la indignación y el odio frente a lo que llaman “políticamente correcto”, que defiende el wokismo.

Mientras a la centroderecha le interesa preservar las reglas de la democracia y preservar la estabilidad social, la derecha radical busca, promueve e instaura la polarización, a la que convierte en estado normal de la política y, por ello, transforman la tradicional relación entre oficialismo - oposición en amigos - enemigos y, a la política, en una batalla cultural entre el bien y el mal, entre nosotros y los otros; un nosotros que es encarnado por un líder mesiánico al que se le otorga un estatus cuasireligioso, un líder que sólo es víctima o mártir y que transforma en títere a todo su equipo de trabajo que sólo puede asentir, nunca disentir.

Ahora bien, quizás la característica más preocupante de esta nueva derecha es su rasgo des-democratizador, pues una vez en el poder erosiona la separación y el equilibrio de los poderes públicos, arremete contra los medios de comunicación, a los que convierte en el ‘chivo expiatorio’ del incumplimiento de las promesas o sus fracasos. Lo desesperanzador de la anterior descripción es que cuando la izquierda radical ha tomado el poder, ha actuado de la misma manera des-democratizadora que la derecha radical, como lo intentaré mostrar próximamente.

*Profesor Universitario.

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