La olla habla

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Hace más de 20.000 años ya se cocinaba en vasijas de cerámica. 10.000 años después, los turcos hacían guisos y cocidos en potes y peroles de barro. Hace casi 400 años surgió la primera olla de hierro. Pocos años después, un físico estudioso, de apellido Papín, aprovechó el mágico poder del vapor para inventar la olla a presión. Con ella redujo el tiempo de cocción. El invento lo presentó, con bombos y platillos ante la sociedad londinense.

Calderos, peroles y marmitas se han usado para hacer exquisitos guisos y cocidos. Sin embargo, estos utensilios suben de estrato cuando hacen un suculento arroz y llegan a la cúspide de la escala social ante un suculento cucayo. El arte de hacer cucayo va de la mano con la escogencia del caldero. Un hermoso caldero puede fracasar en el intento. Por ello, la mayor discriminación surge cuando, ofuscados, relegamos al cuarto de San Alejo a aquel inservible caldero que no produjo cucayo. Parece que la olla más vieja, el caldero más añejo, genera el mejor cucayo.

La buena cocina alcanzó su máxima expresión, en medio de marmitas, potes y peroles, en la Francia de hace unos siglos. Por esas mismas calendas, en la misma Francia revolucionaria, se aprovecharon las mismas cacerolas de hierro, estaño y aluminio para generar el ruido suficiente, a punta de cucharas, para manifestar el rechazo ante el estado y los poderosos. Desde entonces, los descontentos e inconformes saben que los cacerolazos hacen el ruido suficiente para que los sordos de poder y ambición escuchen lo que no han querido oír. Los cacerolazos se pueden hacer en la calle o desde la casa y surgen, en general, de manera espontánea y pacífica. Esta forma de manifestación pública, y pacífica, se popularizó en 1961 durante la independencia de Argelia. De allí pasó a América. En Chile se hizo por la derecha, contra Allende, y por la izquierda en contra de Pinochet. De allí pasó a Argentina pero, la mayor difusión de esta original forma de protesta se presentó en la primavera Árabe y en Venezuela contra Chávez y Maduro. Aunque en Colombia se ha usado en contadas ocasiones, hace pocos meses adquirió notoriedad y poder cuando las redes sociales convocaron a las ollas a hablar. Aunque los amos del poder y sus partidarios critiquen los cacerolazos, por posibles segundas intenciones y ganancias secundarias en los promotores, lo cierto es que razones e injusticias hay para que el escándalo de cacerolas y cucharas, de manera pacífica, nos obligue a escuchar la realidad que no queremos oír. Pienso que los cacerolazos son la mejor forma de no violencia de rechazar al político o poderoso de turno al tiempo que golpeamos a la vil cacerola por recordarnos, cada día, que ella y aquellos nos tienen donde estamos, en la física olla, cual cucayo quemado. Y ya lo dice el refrán: “Nadie sabe lo que hay en la olla más que la cuchara que la menea”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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