Columna


La pesadilla bancaria

ENRIQUE DEL RÍO GONZÁLEZ

27 de febrero de 2024 12:00 AM

El mundo ha evolucionado en proporciones inimaginables, sobre todo, respecto de los avances tecnológicos que en la mayoría de los casos han facilitado la vida de los asociados. Hoy podemos realizar una cómoda llamada sin mayores contratiempos, pues la mayoría de las personas cuentan con un celular a la mano; un amplio dispositivo que, con sus sofisticados programas, contribuye a la toma de fotografías, videos, escaneo de documentos, traductor de idiomas, en fin, la tecnología se constituye en la punta de lanza de la vida moderna.

Ahora, estos avances, al igual que sucedió con la revolución industrial, degeneran en un desplazamiento de la mano de obra humana, pues casi todos los servicios que eran dispensados en las oficinas públicas y privadas, hoy se pueden realizar a través de aplicaciones que se tienen a la mano: comprar un tiquete aéreo, pedir un taxi, presentar requerimientos e incluso en la justicia, donde las salas de audiencia mutaron a trámites virtuales logrando agilidad y comodidad en los procesos.

En esa misma lógica, las oficinas bancarias cada día tienen menos personal, ya que los trámites se están realizando a través de internet mediante aplicaciones que tienen los dispositivos electrónicos. Y, aunque no negamos los ostensibles beneficios, no podemos desconocer que esta situación genera dos problemáticas. La primera, que las gestiones presenciales son cada día más extensas y tediosas, porque hay muy poco personal en las oficinas físicas; lo segundo es que se ha excluido de la ecuación a las personas que no tienen celular, acceso a internet o conocimientos para relacionarse con las, muchas veces complicadas, plataformas electrónicas, ya que, algunos bancos tienen trámites que solo pueden realizarse a través de ese medio o de engorrosas llamadas telefónicas.

Hace poco fui víctima de una pesadilla bancaria en el intento por cancelar una tarjeta de crédito. En la oficina física dijeron que dicho trámite únicamente era posible a través de una llamada. Me tocó someterme a la transferencia de un funcionario a otro. Una hora después hicieron unas preguntas de seguridad donde exigían detalles puntuales de circunstancias acaecidas hace aproximadamente 15 años y que escapaban a la memoria. No pude cancelar la tarjeta por el ‘filtro de seguridad’ que sí superan diariamente los hackers. Al visitar nuevamente la oficina física del banco, hubo una espera en la fila de hora y media, ya que solo había 2 empleados para un maremágnum de personas y, una vez verificada la identidad por la cédula y huellas, me informó la amable funcionaria que igual tocaba hacer la llamada para lograr la cancelación, demorando otra eternidad hasta lograr el escurridizo objetivo.

Ante ese panorama me pregunto: ¿cómo hacen quienes no tienen teléfono o no saben manejarlo y no quieren hacerlo? Las cosas en vez de estar al alcance de todos, terminan por ser excluyentes.

*Abogado.

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