La puerta estrecha

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El evangelio de hoy* nos recuerda que Jesús hablando de la salvación nos dice: “La puerta es estrecha: tienen que esforzarse por entrar”.

Venimos a este mundo a aprender a bien vivir y a bien morir, le escuchaba una vez a la gran educadora, la Prince Martínez. Todo lo que hagamos que contribuya a la salvación de nuestra alma, que esté en concordancia con ese fin último, vale la pena hacerlo, por difícil que sea; cualquier otra cosa, por atractiva que sea, si no engrandece el alma hacia Dios, nos puede llevar a la puerta ancha de la perdición, luego es mejor evitarla a toda costa.

También debemos evitar las excesivas preocupaciones y el activismo que nos distraigan tanto, que nos olvidemos de Dios.

La puerta estrecha es la cruz de Cristo, asumiendo las situaciones y problemas que vivimos. Es entregarse por amor a Dios a servir a los demás y hacer todo el bien que podamos, aunque suponga muchos sacrificios.

Es comprender la lógica de Dios quien desea nuestro mayor bien, quiere que nosotros sus hijos seamos justos, misericordiosos, honestos, íntegros, humildes, sin embargo, no nos obliga, nos ama y nos da la capacidad de discernir para que escojamos nuestro destino.

Para facilitarnos las cosas se hizo camino, nos dejó huellas claras para que, si las seguimos, podamos ir más seguros tras sus pasos.

Nos deja su Espíritu Santo, a María, a la Iglesia, los Sacramentos, su Palabra y nos enseña a orar, a vivir, a servir con amor.

San Pablo nos dice que Dios nos corrige como un padre corrige a su hijo, para que tengamos oportunidad de convertirnos por nuestro propio bien.

Las teorías del mundo muchas veces van en contravía. A veces creemos que ser buenos es solo no hacer el mal. La bondad es activa, es involucrarnos con los demás y contribuir en la construcción de mejores realidades que beneficien a todos.

Quienes tienen como meta la comodidad, la fama, la popularidad, a veces actúan de manera opuesta a las leyes de Dios, promueven antivalores que los destruye a ellos mismos y son un mal ejemplo para los demás. Pero Dios, mientras nos tenga con vida, nos está dando tiempo para la reflexión, para el cambio, para la conversión, muchos después de caer, cambian su vida y logran incluso la santidad.

El máximo premio en esta vida y en la futura es la comunión con Dios. Amar requiere dejarnos amar de Dios, sacar tiempo para llenarnos de Él, para que, en su amor, trabajemos, seamos sensibles ante las necesidades de los demás, nos involucremos en la construcción del mundo de justicia; esa es la puerta estrecha.

¡Hagamos todos los esfuerzos por atravesarla!

*Is 66, 18-21; Sal 116; Hb 12, 5-7.11-13; Lc 13, 22-30.

*Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.

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