La sociedad Sueca

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Una película documental mal titulada, ‘La teoría sueca del amor’, porque el tema no es el amor, si no la felicidad, me ha puesto a reflexionar. Si bien es cierto que el amor y la felicidad pueden confundirse, este suele ir acompañado de deseos de posesión y muchos sufrimientos; la felicidad no.

Los suecos, de quienes se dice tienen aseguradas todas las necesidades vitales, están construyendo una sociedad de individuos independientes en lo económico: que las mujeres no dependan de los hombres, los adolescentes de los padres, ni los ancianos de los hijos, que produzca lazos afectivos genuinos. Sin embargo, de ser independientes económicamente han pasado a vivir aislados, hasta tal punto que la gente muere en los condominios –dice el documental– y nadie lo nota, ni se duele de su ausencia, es el olor el que lo anuncia. Han perdido la habilidad de relacionarse con sus semejantes; ni siquiera para reproducirse lo hacen: los bancos de semen son una industria muy desarrollada, y el kit permite que cada una escoja, y se insemine sin asistencia médica.

Este documental me ha recordado una columna que publiqué por primera vez en el 2004, ‘El milagro de Kike’, en la que escribí: “Mas bien preocúpese por el futuro, me dijo Kike, porque con estas vainas de la biotecnología, ya no habrá hombres con muchas ex, sino mujeres con uno de nosotros para cada ocasión; como artículos decorativos, para despertar envidia en las amigas, igual que con el vestido, la cartera, el pinta labios, o los zapatos”.

Reflexión: ¿Depende el amor de alguna relación de dependencia económica, que, al desaparecer, desaparece este? La evolución humana ha sido consecuencia del afán del hombre por facilitarse la vida mediante la invención de armas y maquinas herramientas que le permitieran proveerse, defenderse, empoderarse, automatizar la producción de bienes y servicios, y ahorrar energía vital. En otras palabras, asegurar la supervivencia con el mínimo esfuerzo, y dedicar las energías, al disfrute material y espiritual: a ser feliz. No obstante, la felicidad no es sinónimo de ausencia de preocupaciones. Según el sociólogo Zigmunt Bauman, es consecuencia de la lucha, del esfuerzo por lograr un objetivo, y al lograrlo desaparece. Reflexión: ¿Estamos más cerca de ser felices que ellos? A mi modo de ver, el logro, es muy parecido al placer: es momentáneo. La felicidad en cambio es perdurable. Algo tan complejo como la felicidad, –escribí en ‘La felicidad’, julio del 2011– se termina asociando cada día más con algo tan elemental como la relación sana con la naturaleza y con nuestros semejantes; dos bienes que están al alcance aun de los más pobres. Esta parece guardar mucha más relación con disfrutar lo que se hace; hacer cosas que tengan utilidad social y obtener reconocimiento de los demás, que con el ocio o la posesión de bienes materiales.

*Ing. Electrónico, MBA.

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