Columna


La victoria del artificio

ORLANDO JOSÉ OLIVEROS ACOSTA

ORLANDO JOSÉ OLIVEROS ACOSTA

12 de agosto de 2020 12:00 AM

Las grandes verdades nunca serán tan ingeniosas como las grandes mentiras. Es por eso que a menudo las estafas maestras me resultan más fascinantes que las revelaciones científicas. A finales del siglo XIX, en Colombia, una familia antioqueña conocida como los Alzate engañó durante varios años a reconocidos antropólogos, etnólogos y coleccionistas de todo el mundo. Julián Alzate, el padre, decía haber descubierto cientos de piezas de barro de la cultura quimbaya. Este astuto taxidermista, amigo de guaqueros y campesinos, había visto que los extranjeros pagaban bastante dinero por los objetos antiguos que iban encontrándose en las excavaciones. Así que entrenó a sus hijos en la producción de una falsa cerámica precolombina y se lucró con las vasijas, cántaros, rodillos y seres mitológicos que acababa de inventar. En tiempos en los que no existía la datación por radiocarbono, su método era infalible: enterraba las piezas en un lugar apartado, esperaba unas semanas y luego organizaba una excavación en la que acontecía el “hallazgo” arqueológico. A veces les pedía a sus futuros compradores que lo acompañaran en aquella aventura y los pobres ingenuos veían ante sus ojos la exhumación del tesoro prehispánico.

La farsa se descubrió en 1912, durante el Primer Congreso de Etnología y Etnografía celebrado en Neuchâtel, Suiza, cuando un profesor del Museo Etnográfico de Berlín advirtió que muchas figuras en las presuntas piezas arqueológicas no se correspondían con las cosmovisiones indígenas de la región. Era, sin embargo, demasiado tarde, pues ya la Cerámica Alzate había burlado a representantes de la Sociedad Científica de Neuchâtel, del Museo de Historia Natural de París y del Museo Nacional de Colombia.

Un fraude así, en una nación edificada sobre la cotidianeidad de las mentiras, habría sido olvidado hace décadas de no ser porque actualmente la Cerámica Alzate es tan valiosa como los objetos antiguos que intentaba imitar. Esto se debe a que los Alzate no sólo fueron timadores, sino que hicieron de su estafa una excusa para ser artistas. Mientras llevaban a cabo su maliciosa alfarería, los miembros de la familia introducían animales y figuras extravagantes modelados por la industria de su imaginación. Era la nueva mitología Alzate, colándose en los museos más prestigiosos del mundo como un agente encubierto de la ficción en los ejércitos de la realidad.

Cien años después de su invención, la Cerámica Alzate se exhibe en el Museo del Oro y el Museo Universitario de la Universidad de Antioquia. Las falsas urnas, máscaras y poporos descansan al lado de auténticas herramientas precolombinas. Son la esperanza de quienes inventan, la prueba de que un artificio poderoso puede abrirse paso en la historia y ganarse entre los hechos comprobados una vitrina.

*Escritor.

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