Columna


La violencia da réditos

GABRIEL RODRÍGUEZ OSORIO

16 de agosto de 2021 12:00 AM

La violencia en Colombia no solo ha sido motivada por el abandono del campo, por la concentración de la riqueza, por la falta de participación política, por la carencia de educación y de oportunidades o por el despiadado centralismo, sino que es ontológico; es decir, es la manera de ser del colombiano, y por eso hoy está más vigente que nunca, como se demostró en el paro nacional con los muchachos de la ‘primera línea’. Y más aún, cuando el monopolio de las armas ha pasado a manos de la delincuencia.

El problema radica en que el colombiano es de naturaleza violenta, por la razón que el uso de ella le ha dado buenos resultados, y que a partir del acuerdo de La Habana se ha incrementado porque los violentos son sobreprotegidos por este. Por eso las gallinas robadas a ‘Tirofijo’ se convirtieron en miles de fusiles y en semillas del terrorismo. Pablo Escobar logró cambiar la Constitución a punta de ‘bombas’, quitando la extradición. Hoy los miembros de las Farc han logrado no solo impunidad a sus atroces crímenes, sino que se han convertido en senadores de la República. Y solo para poner un ejemplo de la cotidianidad de la violencia que da resultados: los taxis amarillos sacaron del mercado de transporte público, a punta de intimidaciones, al gran servicio de Uber.

En Colombia como ningún otro país se ha aplicado la violencia como un método para conseguir las cosas que el Estado no puede regular; es decir, la violencia se convierte en una especie de ‘institución’ paraestatal para obtener lo que los sucesivos y consuetudinarios gobiernos no han podido darle a los colombianos.

Por ejemplo la carencia de Justicia, nos lleva aplicarla por propia mano. La aparición del paramilitarismo, decreto ley del presidente César Gaviria, como respuesta a la falencia del Estado de no proteger la recóndita geografía humana colombiana. La poca presencia estatal en zonas de geografías apartadas, ha propiciado la perdida de sus fronteras, porque no es capaz de atenderlas, ya que el Estado no pasa de Bogotá; Colombia hasta hace poco solo llegaba hasta Anapoima (Cundinamarca). Y han sido tomadas de forma paraestatal por el colombiano rebelde que no tiene otra alternativa que la ilegalidad, es decir, la de autogobernarse, donde se aplica la ley del más fuerte, hoy montada sobre la poderosa economía cocalera, que auspicia y protege el acuerdo habanero, llena de poderosos presupuestos en manos de bandoleros.

Por eso la necesidad de poner orden con la presencia contundente del Estado, con gobiernos con muchas inversiones en lo social y retomando el monopolio de las armas –‘Mano fuerte y corazón grande’–. Y no seguir haciendo concesiones como lo hizo el mencionado acuerdo, quienes deben su gran logro, precisamente, al aplicar el método típico de la violencia colombiana: la manipulación, intimidación, miedo y muerte.

*Arquitecto.

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