La violencia en Cartagena

02 de junio de 2009 12:00 AM

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Creo que es pura hipocresía sorprenderse por el incremento reciente de la violencia en los barrios pobres de Cartagena. Que el número de muertos crece, y crece sin control alguno, a pesar de las declaraciones fantasiosas de las autoridades cartageneras; que las guerras entre las pandillas adquieren caracteres cada vez más feroces; que las concentraciones tuguriales de la ciudad se parecen cada vez más en su dinámica de conflictos, violencia y muerte a las tristemente célebres comunas orientales de Medellín, son desarrollos imposibles de ocultar. Están pasando a diario ante nuestros ojos, hasta el punto que lo que viven los pobladores honrados –que son muchos- en estas barriadas es puro y físico terror. Presos en una especie de trampa mortal de la cual no los defiende nadie. Mientras los dueños de la ciudad, que son también los dueños del turismo, tienen muy poco interés en que esta imagen amarga de la Cartagena turística trascienda. Lo importante sigue siendo alimentar el mito de la ciudad bella, incomparable por su historia –¡vaya historia!- no importa que el resto de los cartageneros presencie el deterioro creciente de su calidad de vida. Algunos creen –ilusa y egoístamente- que la violencia tendrá lugar sólo en los barrios apaleados por la miseria. Pero desde hace tres años que vengo escribiendo sobre las guerras que se libran en los barrios pobres, cada vez más crueles, he podido presenciar cómo, al mismo tiempo, y como una consecuencia inevitable, la inseguridad en el resto de la ciudad se siente en mayores proporciones. Nadie estará a salvo del crimen y de los otros efectos de la violencia -ni los turistas- si la única solución es acudir a medidas de fuerza. Es decir, a la violencia contra los pobres para controlar la que se ha desatado en sus barrios. Lo sabemos muy bien. La fuerza controla coyunturalmente y limita los efectos de la guerra urbana, pero no impide que la situación se siga deteriorando en las barriadas. De modo que cíclicamente termina por explotar. La única posibilidad que tenemos de derrotar el círculo vicioso de violencia, muertes y más violencia, es echar a un lado tanta retórica inútil sobre los pobres y poner en práctica, de verdad, un plan de desarrollo de Cartagena, de gran audacia, centrado en la lucha contra la pobreza. Es decir, concentrar de verdad los recursos con este fin humanitario. Nunca voy a entender cómo se puede justificar esa inversión gigantesca en Transcaribe, en medio de tanta miseria. Sobre todo, cuando buena parte de dicha inversión se ha destinado no a la implementación de las vías, sino a las obras suntuosas de decoración. ¡Por Dios! Miles de millones gastados en hacer unas aceras anchas, que irónicamente están siendo ocupadas por los humildes con sus ventas ambulantes o como sitios para beber cerveza. Si no se invierte hasta el último centavo en producir empleo para los jóvenes, educación de calidad para los niños, salud y vivienda decente para todos, nadie evitará que la guerra que crece en los barrios miserables se vuelva cada vez peor. Se podrá optar por matar a los jóvenes pandilleros, lo cual traerá una paz transitoria, pero no más. Otros ocuparán sus puestos tarde o temprano. Esos barrios, Palestina, Pablo Sexto II y La Paz, ¿hacen parte de Cartagena? ¿De la Cartagena que se vende en el exterior? alfonsomunera55@hotmail.com

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