Las cachacas

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En décadas pasadas el Hotel Caribe de Cartagena era el escenario por donde debutaban más cachacas. La Cabaña congregaba a un Club de viejos bautizado ‘Don Abundio’, donde un socio de singular figura era más conocido con el remoquete de ‘Pipilito’. Este caballero desde la barra apelaba al derecho de mirar y ejercitar la lengua sin restricción, pero por el pañol de proa solo guardaba armamento de corto alcance. Más adelante, en la playa Fernandito del Valle, Lucho Alandete y el Chino Erazo gallinaceaban desde tempranas horas al primer cardumen de cachacas de la excursión del Marymount de Bogotá, quienes cual ranas plataneras tendidas en la arena se exponían al sol en diminutos y atrevidos bikinis. Fernandito acudía a un libreto que Carlos Escallón Villa obtuvo de Porfirio Rubirosa y Julio Mario Santo Domingo cuando conquistaron en las playas de Acapulco a Marilyn Monroe.

En el Hotel Las Velas se alojaban las judías, acaparadas por Augusto Martelo, quien según portaba una tarjeta de crédito Diners Club sin límite, que su padre, ‘el bebé’, le prestaba en temporada. Con tamaño patrocinio no había como competirle. El flaco Echeverri, Gerardo Rumié y Álvaro Llamas escasamente tenían para dos raspaos y una bolsita de maní, mientras Augusto les brindaba Bloodymery, sendas picadas de langostas al ajillo y las masajeaba con aceite Johnson. Las discotecas olían a bronceador y protector solar aroma cachacal por excelencia. Al bailar toda la noche terminábamos embadurnados de aceites Cooperton, Hawaiian and Tropic y de coco Made in Palenque.

Época gloriosa cuando la ciudad era distinta. No sé cómo será este tema hoy, imagino que hasta en el amor ha cambiado Cartagena. Me pregunto: ¿cómo seducirá esta generación a las cachacas? ¿nuestra juventud necesitará clases de Fernandito? Ya Lucho, el Chino y el Flaco partieron de este mundo, Augusto aún toca su guitarra por Bogotá y canta recordando su juventud en Cartagena. Álvaro y Gerardo a Dios gracias se recogieron y todos los lunes se dan golpes de pecho frente al Cristo de la Expiración.

Entre tanto, por la Cabaña un mesero, historiador de la playa, recordaba que frecuentemente cachacas pensionadas preguntan por Pipilito y el famoso Club de Don Abundio.

Todos estos genios galanes del cachaquerío en los 60 y 70 acudían a su talento. Los jóvenes con su verbo seductor y su apariencia, los socios del viejo Club con la magia de sus años soñando ganar batallas imposibles.

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