Columna


Las cuatro fiestas

CARMELO DUEÑAS CASTELL

06 de diciembre de 2023 12:00 AM

En otras calendas, noviembre comenzaba en agosto con los preludios de las fiestas. El consumismo dominante presiona desde septiembre la llegada de diciembre. Y resulta comprensible; si el año fue bueno habrá bolsillos llenos para dilapidar en festejos, adornos y regalos de muy dudosa necesidad y que el último alarido de la moda convertirá en obsoletos al año siguiente. Pero si el año fue malo el comercio presiona con más fuerza para recuperar lo que se perdió en nueve meses. Y todos le hacemos el guiño y seguimos el juego convirtiendo el derroche en embrujos o sortilegios que alejen la mala racha y traigan tiempos mejores. La brisa marina, el cielo limpio y los medios masivos se confabulan con la nostalgia costumbrista para intentar hacerle una gambeta a las desgracias y los problemas. Así nos enrumbamos en semanas de molicie, hartazgo y olvido. Tengo para mí que fue así como Adolfo Echeverría puso en voz de Nury Borrás sus famosas “Cuatro fiestas” para convertir meses en un solo jolgorio. Hermosa letra y divina voz. Sin embargo, algunos preferimos la etílica versión de Diomedes para meter en la bolsa de la alegría los tiempos que comienzan mañana. Ambas intentan darnos lo que alcanzó el famoso nobel en su “París era una fiesta”. Cuando un foráneo oye y ve las cuatro fechas inexorablemente emite en nuestra contra cáusticas críticas como “trabaja más que costeño enyesado”. Yo he querido ver en ello la envidia más malsana y la ignorancia histórica más crasa. Estas cuatro fiestas se arraigan en milenios de festejos. Chinos, árabes y judíos por igual festejaban la siembra, la cosecha, el solsticio y cualquier ocurrencia. Más recientemente los romanos celebraban por estas calendas la fiesta de las luces (el Janucá judío), luego los saturnales (entre el 17 y 23 de diciembre) para terminar con las Lupercales (a mediados de febrero). Mucho antes, los griegos vivían dionisiacas parrandas con desenfrenados excesos durante varios meses para luego sentarse a inventar el átomo, la filosofía occidental, la democracia, la cuadratura del círculo, la redondez de la Tierra y la vida misma. Siguiendo esa tradición, aquí las cuatro fiestas se unen en una sola con el hilo conductor del festival de música, el Hay Festival y las fiestas de La Candelaria. Se podría exigir mesura en el alcohol, las comidas y otros excesos truculentos, todos a cual más perjudiciales para la salud. Ad portas de la primera de las cuatro fiestas, dejo al libre albedrío de mis lectores para seguir ese deseo frustrado de todo niño, convertido en utopía, y que Hemingway plasmó en su hermosa novela: “La idea de que todos los días debían ser festivos me pareció un descubrimiento maravilloso”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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