Las cuentas de la porroca

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Aún después de pensionado, Juvenal siguió madrugando como lo hizo durante un cuarto de siglo, decidido a cumplir con el encargo de mantener impecable el despacho, abriendo y cerrando sus puertas herméticamente . –¡Asegúrate que no falte un solo candado!–, ordenaba voz en cuello el último alcalde que le tocó lidiar. –Recuerda que estamos rodeados de ladrones, comenzando por mí, y te aseguro que no soy capaz de levantarme semejante calumnia.

Sin duda, Juvenal era el funcionario más honrado sobre la tierra y, además, el primero en llegar y el último en salir de la Alcaldía, pero en su casa encontraba siempre a sus hijos durmiendo, la comida helada y a su esposa hirviendo de la rabia. –Ya verás cuando me jubile, ¡tendrás que sacarme a escobazos!.

Sin embargo, Clementina, su mujer, murió el mismo día que notificaron la pensión a Juvenal y no tuvo más remedio que seguir la rutina de levantarse temprano para encontrarse con sus colegas jubilados en la puerta de la Alcaldía, como pájaros que olvidaron la alegría de volar, prefiriendo, hasta la muerte, la seguridad de la jaula.

Aquella noche, mientras se afeitaba, observó una misteriosa sombra a sus espaldas.

–Vengo a buscarte–, le dijo. –Pero así, sin avisarme–, contestó Juvenal, visiblemente indignado. –¿Y cómo están tus ojos, tus oídos, tus cabellos?.

–Ya casi no veo, solo si gritan, escucho y me quedan tres o cuatro hebras en mi calva.

–¿Y tus dientes? –Desvastados y marchitos.

–¿Y tus pies? –Cansados.

–¿Y tu corazón? –Con ganas de jubilarse.

–¿Y tu familia Juvenal?¿aún te visitan? –Íngrimo, solo me acompañan mi perro y el bastón.

–¿Y tus recuerdos? –Cubiertos de telarañas.

–¿Y tus bolsillos? –Descosidos.

–¿Y tú alegría?, ¿tu sonrisa? –Se borraron sin remedio.

–¿Y tu piel? –Reseca y embaldosada de manchas, arrugas y cicatrices.

–Y entonces Juvenal, ¿por qué diablos te asombra mi llegada? –¡Apiadate de mi!–, y se postró de rodillas, sollozando como un niño. –Regálame solo unos instantes; recogeré mis pasos, me bañaré desnudo en la lluvia, subiré a la montaña, perseguiré la luz de la luciérnaga, y gozaré mi vida que siempre estuvo empeñada.

–Cuanto lo siento, amigo mío–, contestó sin esconder sus afanes. –En el negocio de la vida y de la muerte, todos los segundos me los entregan contados, ni uno más ni uno menos, pero te aseguro, sin temor a equivocarme, que en este país de mierda eres uno de los pocos que aún se morirá de viejo.

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