Las primeras batallas de Bolívar*

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

Mobelsa el cochero de Bolívar estaba acompañado por una mujer robusta de anchas espaldas y colosal nalgatorio. A pesar de su edad se veía fuerte y saludable, tenía anchos brazos de rollos carnudos y por entre su cabello ensortijado dejaba ver un lazo amarillo que hacía juego con el traje estampado de flores de verano, muy vistoso a pesar de lo sencillo y recatado. La mujer lo regañaba y desbordada por la contrariedad levantó el brazo con la intención de propinarle un puñetazo. Faltando muy poco para consumarse la agresión, una mano casi invisible apareció por el aire atrapando en el acto la muñeca callosa y ruda. Bolívar la sujetaba con fuerza, ella se defendía dando una veloz media vuelta para tratar de soltarse y, aprovechando su peso, se ladeó buscando la manera de vencerlo. Cuando el forcejeo ponía en riesgo la resistencia del General, la voz del cochero se hizo sentir: - ¡Bolívar!- gritó.

Ella quedó paralizada. En su hogar con Mobelsa se mencionaba ese nombre con veneración, hasta sus hijos y nietos sabían muchos episodios de la vida de Bolívar, excepto aquellos reservados a sus amores ocultos que Mobelsa Juró llevarlos como un secreto hasta la eternidad. -Primero muerto que confeso-, repetía. Fue esta la frase que acuñó en su memoria por ser la predilecta de Bolívar y también la que más gracia le hizo desde el primer día que la oyó. Al levantarse, la usaba como oración matinal y, al acostarse, la recordaba antes de conciliar el sueño.

Bolívar quedó sorprendido al conocer que la mujer de Mobelsa llevaba el tan familiar nombre de Hipólita, el mismo del aya que de niño cuidó cada uno de sus pasos, la nodriza que lo amamantó con blanca leche africana cuando falleció su madre María Concepción. Todos los gestos y hasta el característico olor del humo de la hornilla en que cocinaban por la hacienda el Totumo en Venezuela, sintió alrededor del cuerpo de esta voluminosa mujer. Volvió después de muchos años a experimentar la sensación maravillosa de encontrarse nuevamente con la fragancia rural de sus ayas Hipólita y Matea. Ellas le enseñaron fantásticos juegos infantiles con caballo de palo, totumos de patio, plumas de aves de corral y, cerca de los pozos artesianos, lo ayudaban a saltar, chapalear sobre los charcos de agua y construir, en medio de ellos, casitas y soldaditos de barro con los que libró las primeras batallas de su existencia.

*Tomado de la obra inédita Bolívar y el Milagro de la Laguna Azul, de mi autoría.

TEMAS

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Columna

DE INTERÉS