Columna


Las trampas de la riqueza

PABLO ABITBOL

06 de agosto de 2021 12:00 AM

Nuevamente hizo falta que un respetado académico recordara que, pese a que Cartagena es “una ciudad rica, con las inversiones industriales más grandes que se han hecho en la historia del país, con el puerto más importante del país, con el sector turístico más importante del país, con viviendas de los más altos precios del país, con hoteles cinco estrellas [...] esa riqueza no le está llegando a la gente más excluida, que vive entre el barro, sin agua, sin educación, sin salud [...] ahí tenemos un problema de trampa de pobreza”.

Hizo falta, como siempre hace falta, porque la ineludible prioridad social de superar la pobreza se ve opacada por la lógica polarizada que se impone en el debate público. Quienes se identifican como la tribu de la gente de bien, y se definen a sí mismos a partir de un antagonismo esencial e irreconciliable frente a los que ven como vándalos y comunistas, se trenzan en peligrosos juegos de lenguaje con quienes a su vez se definen a sí mismos como la voz del pueblo y los adalides de la vida, en oposición de aquellos a quienes encasillan como agentes de la muerte.

Hizo falta, también, porque el estilo y la pugnacidad que el actual gobierno distrital le da a su discurso de lucha contra la corrupción pareciera estar tendiendo a erosionar —más que fortalecer— la confianza y el tejido social de la ciudad. Así como es necesario reconocer que la corrupción es una causa fundamental de la pobreza, se debe también comprender que, al mismo tiempo, la segunda alimenta a la primera.

Un orden social cerrado, entrampado en un ciclo de exclusión clientelista, solo puede quebrarse construyendo una institucionalidad más cercana a la ciudadanía y una administración pública, no que “imponga la autoridad”, sino que sea capaz de responder a las demandas de una sociedad civil cada vez más plural y robusta.

Hizo falta, además, porque en un tiempo de ánimos caldeados y azuzados, muchas personas ven con más temor la ola de movilización y protesta social que la trágica creciente de pobreza y malestar que la genera.

Nuevamente hizo falta recordar la aparentemente paradójica tragedia de la pobreza en un mar de riqueza porque, como de costumbre, se olvida que el problema no es que la riqueza que se crea “no le esté llegando” a las personas y las comunidades con más necesidades, sino que la forma en la que se crea acá la riqueza produce pobreza.

Es necesario que hablemos más sobre cómo podemos crear una política cada vez menos polarizada, pugnaz y excluyente, para que podamos comprender mejor cómo hacer crecer, con mayor justicia y equidad, la economía.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Profesor del programa de Ciencia Política y RR. II., UTB.

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