Lección de vida

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Hoy tuve una lección de vida ejemplarizante. De esas que marcan para el resto de la existencia, cuyo único propósito divino es darnos una clase magistral de misericordia. Me levanté muy preocupado y renegando porque el proyecto (de mucha valía en pesos) que estamos desarrollando no está marchando como queremos y esperamos.

Así que estuve todo el día resentido, preguntándome por qué Dios no me ayudaba, que, acaso no me quería. Porque ayuda a unos y a otros no. Entonces enojado y dada mi vocación de panteísta (ver a Dios en todas parte), preferí guardar silencio y me dije: si así lo quiere el Cielo es porque así debe ser, los tiempos de Dios son inconmensurables, un segundo pueden ser mil años o mil años pueden ser un segundo.

Por la tarde, aun rumiando por dentro mi resentimiento, tuve que ir a Cruz del Viso, un centro poblado que hace parte del municipio de Arjona, muy cerca a Cartagena, localizado al borde de la Troncal de Occidente, para ubicar un lote a un cliente muy importante.

Mientras esperaba a su propietario y al cliente, se acerca una señora, de aspecto manso, posiblemente joven pero azotada por la pobreza, a ofrecerme en venta una ‘tártara’ de mangos, la cual decido comprar, no sin antes preguntar qué le había pasado en su deforme brazo, que tenía huellas de una vieja y horrenda quemadura.

Me respondió que estando muy joven, mientras atizaba el fuego a una olla de sancocho que preparaba para unos comensales, y mientras cargaba en su otro brazo a su bebé de pocos días de nacido, le da uno de sus esporádicos ataques de epilepsia, cayendo de inmediato al suelo y soltando en su estado de inconsciencia al niño, que cae a la olla que hervía a cientos de grados centígrados.

Al caer, también su brazo queda en la hoguera, quemándose y fundiendo sus cinco dedos en uno solo, quedando con una horrorosa forma de garfio.

El niño por supuesto, casi desapareció en la hirviente sopa, porque llegaron tardíamente a rescatarlos. Terminada la conversación, le pago los 2.000 pesos del valor de los mangos y con humildad mira hacia las nubes y da gracias al Cielo, y alaba con una corta loa a su Dios; Jesucristo, porque hasta ese momento era su única venta del día, y ya empezaba a caer la tarde.

Quedé consternado y vine a mi alcoba a pedir de rodillas perdón al Cielo, el mismo de ella, porque sentía mucha vergüenza por mis pobres y estúpidas pretensiones.

Ese día también aprendí que la misericordia es la cara más exacta de la ética. Y que la ética está fundamentada principalmente en el amor al prójimo. Y que no consiste como todos creen, en un listado de normas rígidas a seguir, sino el respeto a la comunidad humana, el amor al lugar donde vivimos, el cuidarnos unos a otros, como en un rebaño.

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