Columna


Lo bueno de pisar mierda

ORLANDO JOSÉ OLIVEROS ACOSTA

ORLANDO JOSÉ OLIVEROS ACOSTA

06 de mayo de 2020 12:00 AM

En los numerosos libros sobre las guerras de la humanidad, todavía no se ha escrito el capítulo que cuente las espectaculares batallas que han librado los seres humanos contra la mala suerte. Un historiador de estas contiendas tendría que atravesar primero una selva de espejos rotos, sombrillas abiertas, gatos negros y viernes trece para llegar al manantial de la desgracia pura y, desde allí, seguir el curso de las aguas malditas que bañan a los desventurados. Solo así podrá explicar desde sus orígenes al pescador salao y a los pobres diablos que nunca ganarán la lotería. O al peluquero de un canto jíbaro de Miguel Ángel Figueroa, que monta su negocio en un pueblo donde nace la gente sin pelo.

Ese sería un compendio exquisito de las consecuencias de la pava en las vidas de sus víctimas. Y no estaría completo, por supuesto, si no mencionara la conmovedora resistencia con que algunas personas han nadado contra aquel caudal de infortunio. Pues hay gente que, cuando no encuentra la buena suerte, se la inventa. A veces con plantas tan inofensivas como la sábila o el popular trébol de cuatro hojas, y otras veces con vuelcos extraordinarios que aprovechan la fuerza misma de la desdicha. Gracias a esta última estrategia, pisar la mierda de un perro o ser cagado por un pájaro son considerados buenos augurios. Algo similar sucede con los sueños donde el soñador se muere –que significan más años de vida en la vigilia– o cuando llueve a cántaros sobre una fiesta de matrimonio, tragedia meteorológica que hemos transformado en una promesa de fertilidad.

Se trata de un mundo invertido que ha sido imaginado para consolarnos en nuestra mala leche. Pienso, por ejemplo, en el primer ser humano que dejó caer accidentalmente una moneda a un pozo, una fuente o un estanque y se ingenió luego la idea de que así podían pedirse deseos con altas probabilidades de cumplirse. Esta minimización del desastre, el antropólogo francés Gilbert Durand la discutió en su “Régimen nocturno”, cuando hablaba de los eufemismos con los que ciertas culturas modifican el contenido afectivo de las imágenes sobre el tiempo destructor que nos devora. De esa forma la terrible caída se convierte en un descenso íntimo, el abismo en una copa fértil y la oscura noche en el preludio tranquilo de la aurora.

La conversión del apóstol Pablo en el camino de Damasco es una muestra célebre de estos giros de 180 grados: él, que empezó persiguiendo cristianos, acaba tornándose en un santo patrono de los perseguidos. Es la conflagración de los contarios, creada por aquellos que se niegan a humillarse ante el abrazo de la mala suerte. Conmueve verlos por ahí, rascándose obsesivamente las manos, creyendo que el prurito en las palmas es el vaticinio de un pago decente.

*Escritor.

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