Los colmillos del dictador

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Nicolás Maduro no es tan ignorante como parece: por experiencia vivida al lado de Chávez, entiende que los tiranos nunca sucumben en el campo de batalla: se jubilan, mueren de cáncer o se oxidan de viejos.

Desde las cavernas en estos especímenes aparece el impulso de sentirse dioses y propietarios de todo lo que mira su avaricia. No son seres conformes, como el colibrí, los poetas, el cantor, la abuela que teje humildes sueños de eternidades mientras cocina o mece en su hamaca al último de sus nietos. ¡No! Para quien nace tirano, nada es suficiente: promueve y atiza guerras sabiendo que en ellas solo morirán los descamisados, mientras él se pavonea en inexpugnables refugios, rodeado de lujos extravagantes, con la panza y las cajas fuertes a reventar. Ellos, los pobres, convertidos en carne de cañón e hipnotizados por convicciones políticas o religiosas, ofrendarán sus vidas y sus sueños frente al altar de la Patria.

Todos los tiranos son cortados con la misma ensangrentada, manipuladora y filosa tijera. Nicolás Maduro es de igual estirpe, entre muchos otros, de Pinochet, Stroessner, Banzer, Mussolini, Videla, Stalin, Mao, Batista y Fidel Castro, Duvalier (‘Papa Doc’), Franco, Fujimori, Porfirio Díaz, Gadafi, Idi Amín, Hitler. Todos ellos, de izquierda o de derecha, rodeados del ‘Comité de aplausos’ vuelven cenizas el orden constitucional, castran libertades y derechos fundamentales; manipulan a su antojo los sagrados poderes del Estado, pisotean acuerdos internacionales, satanizan, asesinan, encarcelan o destierran a sus adversarios, mientras se enfundan las botas del dictador.

A estos depredadores de la especie humana, desde su concepción, en el vientre materno, les extraen el alma remplazándola por las garras y los colmillos del temible e insaciable Tiranosaurio Rex, que como los modernos tiranos, practican el canibalismo.

Pero nadie como el cínico vecino de al lado que, atornillado al trono, eructa discursos nacionalistas, mientras ensaya en público pases magistrales de salsa, frente a millones de familias hambrientas, sumidas en un tormentoso mar de lágrimas y sufrimiento.

Pero olvidémonos del vecindario y miremos al interior de nuestra casa. Me santiguo para intentarlo: Aquí pululan tiranos, invisibles y silenciosos, de la peor calaña, quienes enquistados en oscuros negocios y en la política, asesinan de hambre a niños humildes, robándoles su único bocado del día; saqueando escuelas, acueductos y hospitales, sin atisbo de culpa en su conciencia. Estos reyezuelos, inmunes a la justicia terrenal, ojalá Dios no los perdone, porque ellos sí saben lo que hacen y deshacen.

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