Los fariseos de la política

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Tiempo de elecciones es tiempo de promesas. Lamentablemente, también es tiempo de negocios ocultos y de compromisos inconfesables. Saber distinguir entre quienes dicen la verdad y quienes no, resulta ser un verdadero desafío. Desafío, para el que los cartageneros parece que no estamos preparados a juzgar por lo que ha ocurrido en los últimos años.

Descubrir al corrupto no es nada fácil, menos cuando estrictamente lo hacemos depender de una decisión judicial ejecutoriada que lo descubra para siempre, cuando para entonces es demasiado tarde. Ningún corrupto admitirá pública y anticipadamente su miserable condición, apertrechado con toda clase de apariencias engañosas.

En el mundo griego la palabra ‘hipócrita’ designaba al actor que con una máscara asumía una personalidad ajena. La corrupción y la hipocresía van de la mano. Son los mismos fariseos, cual sepulcros blanqueados, como los calificó el Divino Maestro y las cosas no han cambiado. Es preciso descubrirlos teniendo en cuenta que la duda para estos asuntos impone precauciones.

Es cierto, que en materia judicial la duda absuelve; que toda duda favorece al reo. En materia política, donde se juega el destino de los pueblos, la duda razonable debe bastar para la prevención. El principio judicial no aplica en las decisiones que adoptamos en el acontecer diario, donde el principio de confianza supera las apariencias dubitativas. Nadie selecciona el asiento que despunta un desperfecto, ni un vehículo cuyo conductor da muestra de conducir embriagado, ni adquiere un alimento cuya fecha de vencimiento o su presentación le genere dudas. La experiencia humana y la sabiduría popular bastan para esas rutinarias prevenciones, ¿cómo no aplicarlas en tema tan sensible como la suerte misma de nuestra ciudad?

No será mucho extremar todas las precauciones posibles. Quien lanza su nombre a las urnas, habilita el escrutinio público de sus valores, sus creencias, su pasado, ejecutorias, vida personal, la identidad de los financiadores de campaña, mas que el solo programa de gobierno que impulsa. Al hombre muchas veces se le conoce mejor por la clase de enemigos que se le oponen que por los amigos que le respaldan. Así como que es importante también indagar cuales son las medidas e ideas que firmemente combate, pues es mas fácil aludir lo que todos quieren escuchar para jalonar aplausos. Cada candidato en su interior sabrá muy bien la fidelidad de sus palabras. Si sus estímulos son realmente los mismos que muestra en sus apariciones publicas.

Los cartageneros tenemos en las justas electorales que se avecinan una valiosa oportunidad para seleccionar libremente los mejores candidatos. No es un asunto personal, sino un desafío ciudadano, para el que seremos o coprotagonistas del progreso o cómplices de un estado decadente que desconecta toda esperanza de un mejor futuro para todos.

*Abogado.

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