Columna


Los niños de la COVI

CARMELO DUEÑAS CASTELL

19 de enero de 2022 12:00 AM

A las puertas del tercer año de pandemia el mayor desafío es que el SARS-CoV-2 llegó para quedarse.

Así, en 2022 la COVI no será un verbo conjugado en pasado. La vana ilusión de erradicarla se desvaneció hace mucho. La vida ‘normal’, esa que ocurrió antes, no será en 2022.

De nuestra capacidad de cambiar más rápido que el virus dependerá que podamos pasar a la etapa de pospandemia o a considerar la COVI como una endemia y lograr, así sea, un remedo de normalidad. La carrera contra el tiempo de la vacunación masiva choca contra la egocéntrica voluntad de los antivacunas, quienes cada vez con más sin razones, persisten en llevarnos a todos por el perenne despeñadero de variantes, el tsunami de picos y olas y, más aún, los impredecibles y desesperantes casos de Post COVI.

Los que tienen y pueden vacunan, hacen refuerzos y confinamientos parciales. El resto de países intenta sobrevivir. Así, el rezago ancestral se convertirá en una brecha gigantesca que nos dejará aún más atrás.

Sobre las vacunas: es vital fabricarlas a nivel nacional; se espera que vacunas basadas en proteína (Novavax), ya aprobada para uso de emergencia, y algunas vacunas inhaladas u orales ayuden a contener la pandemia. Por otro lado, la esperanza puesta en antivirales como el molnupiravir (Merck) y el Paxlovid (Pfizer) por ahora, es utopía de un día por su precio y la inveterada y discriminatoria glotonería empresarial.

Investigaciones publicadas, y otras por publicar, en JAMA y Nature compararon bebés antes de la pandemia con otros nacidos durante ella. Con lo evaluado hasta ahora, los niños de la COVI tuvieron: resonancias anormales; deterioro en pruebas de motricidad gruesa y fina; menos habilidades de comunicación; y menor actividad intelectual. Los investigadores sugieren que las causas son: estrés por la pandemia durante y después del embarazo; menor interacción entre padres e hijos; mínima o nula interacción con otros niños. Lo peor es, nuevamente, la discriminatoria distribución de estos hallazgos. Así, niños blancos perdieron uno a tres meses de aprendizaje, los otros tenían un retraso de cinco meses y en África subsahariana habían perdido un año.

Los primeros 1.000 días de vida son cruciales. Los bebés nacidos en marzo de 2020 tienen más de 650 días y si bien los investigadores esperan que su capacidad de adaptación y la plasticidad cerebral permitan su recuperación, muy seguramente muchos tendrán retardo y problemas permanentes. Para corregirlos y prevenirlos es vital la vacunación, redoblar el cuidado de embarazadas, recién nacidos y niños y promover un abordaje interdisciplinar. Lo decía Disney: “Envejecer es obligatorio, pero crecer es opcional”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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