Los olores de la tutela

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Carlos Villalba Bustillo aseguraba que, con honrosas excepciones, nuestra justicia se impregnó con el formol de la indiferencia muy a pesar de que, la gran discrepancia entre la Constitución de 1886, promovida por Rafael Núñez, y la de 1991, es solo una: mientras la primera arrodillaba al ciudadano frente a su majestad, la Ley, la segunda, obliga a las leyes a estar al servicio del ciudadano.

Para Villalba el verdadero nombre de la Paz es la Justicia Social y la nueva Carta Magna ilumina sus caminos; sin embargo, con el tiempo le torcieron el pescuezo al sueño de los Constituyentes, ostentando el 97% de impunidad aún para crímenes atroces.

Surgió entonces, como tabla de salvación, la Acción de Tutela, consagrada en el Artículo 86 de la Constitución Política, diseñada para proteger, mediante un procedimiento preferente y sumario, los derechos constitucionales del ciudadano. La mala noticia es que también la castraron.

Incluso, la Defensoría del Pueblo admite la inocuidad de las tutelas, sobre todo en el delicado campo de la salud, con infranqueables y despiadadas ‘barreras de acceso’, ante la mirada indiferente de los organismos de control. ¡Que lástima! Los derechos fundamentales, germinados, sagrados e inviolables, hoy son la mayor de las estafas.

Pero si para Villalba Bustillo la justicia colombiana está impregnada de formol, para don Juan Gossaín, ese lúcido pensador y ronco periodista, el olorcito es otro.

Resulta que hace unos años don Juan fue invitado, junto a dos magistrados de las Altas Cortes, a un foro promovido por el Colegio de Jueces y Fiscales de Bolívar en el auditorio del Palacio de la Inquisición, para disertar sobre el deterioro de la tutela. Al promediar el evento un juez argumentó que la crisis se debía, principalmente, al uso y abuso de algunos ciudadanos buscando solucionar problemas domésticos e irrelevantes. Relató entonces el caso de una anciana que le solicitó paños desechables, a través de una acción de tutela, para su hija moribunda, víctima de un cáncer terminal, argumentando, textualmente, que “su cambuche se inundaba con el olor a mierda”, pues tenía que decidir entre comprar comida para sus tres nietos o los pañales desechables. –Por supuesto que negué la tutela por imprudente e improcedente–, concluyó con arrogancia el togado.

De inmediato, don Juan se apoderó del micrófono, pronunciando una frase que terminó abruptamente con el evento: –Señor Juez, le aseguro que no solo la casa de esa humilde mujer huele a mierda, ¡También la justicia!

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