Columna


Los orígenes de la violencia

Christian Ayola

07 de diciembre de 2023 12:00 AM

Una de mis obras favoritas para la comprensión de la violencia es: “Dos ensayos especulativos para la violencia en Colombia”, de Malcom Deas y Fernando Gaitán Daza.

El análisis de estos académicos enriquece el debate sobre el fenómeno, resaltando determinantes: históricos, culturales, económicos políticos, sociales y psicológicos. Intentaré ocuparme de los últimos, por ser la disciplina con avances más recientes desde la neurobiología, el trauma, el apego y en general desde los problemas que perturban el desarrollo infantil, que explican la conducta violenta y sirven de base para intervenciones preventivas y terapéuticas.

Pregunta: ¿Qué es el trastorno disocial y cuáles son sus determinantes?, según el Manual de Trastornos Mental y del Comportamiento CIE 10, de la Organización Mundial de la Salud, los trastornos disociales se caracterizan por formas persistentes y reiteradas de comportamiento disocial, agresivo o retador. En los grados más extremos, estos jóvenes violan normas en mayor magnitud de las que sería aceptable para la edad del afectado y las características de la sociedad en la que se desenvuelve.

Se trata de desviaciones más graves que la simple “maldad” infantil o rebeldía del adolescente. Actos antisociales o criminales aislados no constituyen de por sí base para el diagnóstico, que implica una forma duradera de comportamiento. Los trastornos disociales suelen estar relacionados con un ambiente psicosocial desfavorable, entre ellos relaciones familiares complicadas y fracaso escolar, se presenta con más frecuencia en chicos. Clínicamente, la distinción entre trastornos disociales y trastornos de las emociones está bien definida, mientras que su diferenciación del trastorno hipercinético por déficit de atención TDH es menos clara y frecuentemente ocurre un solapamiento entre ambos.

No detectados a tiempo en el aula, conllevan a que los profesores creen una imagen negativa del alumno por su inquietud, perturbaciones y pobre rendimiento escolar, aunque hay pocas excepciones en niños sin este compromiso por tener coeficiente intelectual alto (CI). El estigma compartido entre el docente y la familia se extiende a los compañeros de clase, quienes lo retan, por ser el único que se atreve a cometer tremendas travesuras y fechorías, pierden el temor al castigo o lo atraen como forma de hacerse “célebre” o de pedir ayuda, frecuentemente viene asociado al consumo de sustancias psicoactivas que empeora su pronóstico.

Ante la racha de violencia perpetrada por adolescentes, mis pregunta son: ¿sabemos a ciencia cierta cuántos de nuestros niños y adolescentes despliegan a diario su violencia por este trastorno? ¿Qué tan preparados están nuestros docentes para detectarlos, desestigmatizarlos y canalizarlos oportunamente para tratamiento? ¿Qué tan preparado se encuentra nuestro sistema sanitario para diagnosticarlos y abordarlos racionalmente? Adicionalmente, aunque es una medida controvertida, no hay acceso a medicamentos para casos graves, porque no suelen estar disponibles en las farmacias.

*Psiquiatra.

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