Los pájaros jamás se jubilan

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Era Viernes Santo cuando Rosendo Herrera Alcázar y su padre huyeron despavoridos del horno crematorio de la guerra, dejando en cenizas su rancho, su madre y dos hermanas, en pleno corazón de los Montes de María.

Hasta entonces disfrutaron del festival de colores, aromas de guayabas, mangos, aguacates y caimitos; del murmullo de las acequias y, sobre todo, de la sinfonía de centenares de pájaros dándole la bienvenida a los primeros rayos del sol. Gente mansa y trabajadora, nunca imaginó que, de un momento a otro, se los tragaría la tierra.

Como todas las noches, su madre elevó plegarias al Todopoderoso suplicando amparar a su familia. Ella presentía que los Dioses de la Guerra estaban al acecho, alimentándose de la sangre y de las pertenencias de los humildes.

Rosendo, apenas adolescente, llevó a rastras a su padre, escondiéndose entre matorrales durante largas horas hasta cuando, una mano piadosa, los trasladó clandestinamente a un barrio de invasión en Cartagena.

Años después, mientras su padre se marchitaba de nostalgia, él se rebuscaba de día y estudiaba de noche Auxiliar Contable. Eficiente, honrado, pero taciturno, una empresa americana lo contrató y fue siempre el primero en llegar y el último en marcharse.

Pero el amor llegó al rescate de su melancolía: Julia Santana, hermosa, fértil y seductora, lo colmó de besos, caricias y cinco hijos, y juntos construyeron la casa de sus sueños.

Rosendo jamás retornó a los Montes de María; prefirió dedicarse a su familia y a disfrutar de su pequeño paraíso, repleto de olores, sabores y trinos, exorcizando los duros recuerdos que lo perseguían.

Sembró árboles de mango, ciruelas, guayaba, aguacates, naranjas y los más dulces mamones. Guindó nidos en todas las ramas, construyó albercas de agua dulce y cristalina donde azulejos, canarios, mochuelos, sinsontes, se refrescaban después de saborear los manjares y, al final de la tarde, le regalaban los afamados trinos de sus sinfonías.

Pasaron los años y Rosendo recibió, por fin, su jubilación, pero continuó madrugando a satisfacer las necesidades de sus compinches alados. –Los pájaros jamás se jubilan– se justificaba con su esposa, quien lo reclamaba en su lecho.

Pero el óxido del tiempo le devoró la memoria y su cordura, e insólitamente también un Viernes Santo, cuarenta años después de aquella pesadilla mortal, Rosendo desapareció sin dejar huella.

Aseguran que se marchó, cubierto de plumas multicolores, en medio de un ejército de pájaros, rumbo al santuario de los Montes de María.

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