Los pecados del rico Epulón

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El Banco de la República ha precavidamente puesto a la orden del sector financiero una liquidez nunca vista. Al diablo con la ortodoxia monetarista. Es, empero, un manantial por un lado y un cuentagotas por el otro. El dinero ha llegado al sector real por chorritos. Los analistas de riesgos, muy ultraortodoxos ellos y a lo mejor con instrucciones, atascan el flujo ágil de los recursos.

No ha sido suficiente que el Fondo de Garantías haya otorgado cubrimiento del 90% para la mayoría de los préstamos. Se prolonga la pandemia y apremian las necesidades financieras de empresas, pero eso no remece la parsimonia de los prestamistas. Además, se rumora en el mercado que algunas entidades de crédito exigen el pago de otras acreencias vigentes del cliente hasta por el 10% de lo que le depositan, de manera que el prestamista no corra riesgos.

Muchos sectores económicos se han lucido por su generosidad durante la emergencia, no así el sector financiero que en cambio hace alarde de la extensión de plazos a quienes no pueden pagar. ¡Valiente gracia! El negocio del sector es prestar, así que la extensión no hace más que retener al cliente por el momento insolvente, mientras se le siguen cobrando intereses. El alivio real sería rebajar estos últimos. Silencio.

Se pensaría que la gran liquidez, disponible al 2.75% para el sector financiero, provocaría bajas en las tasas de interés. Pero no, los desaforados márgenes de intermediación siguen siendo desaforados. De nuevo: la competencia no aplica. Se sigue cobrando el mismo 29% de los saldos de todas las tarjetas de crédito. Durante por lo menos la última década, la tasa de crecimiento de las utilidades del sector financiero ha doblado cada año el crecimiento del PIB nacional. Y no porque se haya ido multiplicando la eficiencia y la bancarización. De hecho, altos intereses es uno de los factores para que la economía colombiana no haya desarrollado todo su potencial en una década bastante floreciente. Don Sancho Jimeno sabía que el oro y la plata transportados en los pañoles de la Flotas acababa en los arcones de los banqueros genoveses acreedores de la corona española.

Adam Smith pronosticaba que cuando los capitalistas se reunían, inmediatamente fijaban precios y la Mano Invisible dejaba de funcionar. Su concepción intelectual se desmoronaba sin libre competencia. En Colombia, el sector financiero es un oligopolio. Los entes reguladores se hacen de la vista gorda, como cuando autorizan cobros, igualitos para todos, por infinidad de diligencias irritantes como puñaladas traperas. O peor, cuando autorizan la inversión del ahorro de los Fondos de Pensiones que administran las entidades financieras en las propias empresas afiliadas. Lo más parecido al autopréstamo.

Un diputado portugués de derecha advirtió que si el sector financiero arrojaba utilidades este año de la pandemia recomendaba el cadalso para los responsables. El padre Abraham, por su parte, le negó consuelo al Rico Epulón, que sufría tormentos en el Hades, recordándole cuál había sido su vida y cuál la del pobre Lázaro al que maltrató y quien ahora yacía en su seno.

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