Los pobres y la fiesta

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Pocos asuntos de la vida local llaman tanto la atención como el papel otorgado a la cultura en las discusiones contemporáneas sobre el atraso y la pobreza.

El discurso predominante apostó por una idea mayoritaria de progreso económico que necesita de personas adecuadas, con valores y conductas adecuadas. 

Esta visión muy acendrada se puede resumir en pocas ideas. La primera, de carácter diagnóstico, establece que la pobreza es esencialmente mental (“El tugurio empieza en la mente de quien lo habita…”); la segunda, que se extiende al campo normativo, sugiere que “No hay pobreza que no pueda enfrentarse con actitud y trabajo duro”.

Por estos días ha surgido una nueva prescripción filosófica que concibe la cultura como un derecho condicionado al progreso social y político que, extendida a sus últimas consecuencias, presenta la expresividad y la diversidad como metáfora de nuestros peores males.

Las ideas expuestas comparten una lógica en común: cualquier interés que se ponga en la cultura -especialmente la popular- es considerado como prematuro y moralmente cuestionable en un contexto donde las privaciones materiales son aún numerosas. Por ello, la cultura debe, de nuevo, esperar: primero hay que resolver los “problemas mayores”: la crisis política, la falta de alcantarillado, y en consecuencia, callar los picós -no la danza, por ejemplo-, controlar la libido, y “trabajar, trabajar, y trabajar más (y no en el sentido uribista)”.

Estas mismas ideas han llevado en otros contextos a calificar de irracionales a los pobres, como bien señalan los economistas del MIT, Abhijit Banerjee y Esther Duflo. Acá ya es irracional que la “masa de esclavos” disfrute de las fiestas porque el sistema corrupto que los margina los idiotiza.

Estas asombrosas teorizaciones no han podido contrastarse más allá de lo casuístico y del acto reflejo de una experiencia personal de éxito. La base de información con que cuentan es precaria e incoherente a la luz de estudios mundiales y locales, y de los valiosos aportes que la sicología, los estudios culturales y la economía han hecho.  

Una lección es que requerimos con urgencia cualificar el nivel de la discusión pública; basarla en la evidencia y no en la pretendida superioridad moral y social de quienes la exponen. Y la segunda: no se puede entender el papel transformador de la cultura si no introducimos una noción adecuada de pobreza.

Los pobres son gente sin libertades reales para construir el tipo de vida que más valoran. No sólo les interesa satisfacer sus necesidades más apremiantes. Por eso bailan, por eso gozan. También salen a la fiesta a expresar su falta de voz y de poder.



 

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