Malditas manualidades

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Mi abuelo paterno, que en paz descanse, habría podido tener la mejor colección de música vallenata en discos de vinilo si no existieran las manualidades. Desde muy joven fue adquiriendo los trabajos musicales de hombres legendarios como Alejo Durán, Lisandro Meza, Julio Bovea, Calixto Ochoa y Aníbal Velázquez.

Uno podía entrar a su casa de Canapote y caminar por entre la historia del Caribe tan solo viendo los álbumes repletos de canciones que él guardaba en su escaparate. Era una fonoteca destinada a convertirse en un tesoro familiar, del tipo que los descendientes conservan después de varias décadas para ayudar a la memoria a mirar hacia atrás. Sin embargo, un mal día de hace muchos años, una maestra de artística pensó que sería buena idea poner a sus estudiantes a fabricar vasos y jarrones con vinilos derretidos. Fue así como desaparecieron los discos de mi abuelo: transformados en objetos que nadie usó y que mi abuela echó a la basura el fin de semana siguiente.

Esta es sólo una de las tantas historias que se pueden contar sobre las consecuencias malignas de las manualidades. Parecen inofensivas, pero el saldo de víctimas que dejan tras de sí es impresionante. Son la alquimia de la ociosidad donde todo es transmutado en basura. Las corbatas se vuelven culebras con las que nadie juega y las fotografías de la infancia collages que nadie contempla. Los fríjoles, lentejas y macarrones, constelaciones vegetales de la cocina, pasan a formar parte de algún paisaje embadurnado de Colbón que más tarda en elaborarse que en irse a la caneca.

Las manualidades carecen de la dignidad ecológica del reciclaje porque aquello que producen jamás perdura ni abandona su condición de cosa desechable. Sus propósitos parecen estar más encaminados a la satisfacción de los inoficiosos que al placer estético del arte, aunque incontables profesores de artística saturen sus aulas de chócoros perniciosos fabricados con discos de vinilos.

Hace unos días, en un programa de televisión colombiano de cuyo nombre no quiero acordarme, una presentadora expuso un tutorial para convertir libros en un utensilio de cocina para guardar cuchillos. Su método consistía en agrupar varios tomos con una cuerda e introducir los afilados metales entre las páginas. “Y así tenemos un portacuchillos novedoso y lindo”, dijo la mujer cuando terminó su obra, usando el típico tono de voz de las televentas. Fue, literalmente, una puñalada a los textos escritos y un ejemplo más de la frivolidad que consume nuestras sociedades. “El mundo habrá acabado de joderse”, dijo el sabio catalán en Cien años de soledad, “el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga”. Malditas manualidades.

*Escritor.

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