Malecón

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En tres meses cabales los Estados Unidos Mexicanos elegirán un nuevo presidente para el próximo sexenio (2018-2.024) y parece ser que el ex alcalde de su capital, Andrés Manuel López Obrador, sería, en su tercer intento, el ganador de la liza según las encuestas (35% contra el 21% de Ricardo Anaya y 16% José Antonio Meade). No por simples sacudidas de la suerte cuenta con aceptación López Obrador en la política mexicana. El hombre convence y aglutina.

México ha sido un país de caudillos y los mexicanos caudillistas hasta los tuétanos. Suficiente con revisar, usando la expresión de Enrique Krauze, la biografía del poder a lo largo de la historia para confirmarlo, desde Juárez hasta Porfirio Díaz y desde la Revolución (1910) hasta la caída del PRI, luego de 80 años de un presidencialismo magistralmente examinado por Jorge Carpizo en un libro que es ya un clásico sobre el fenómeno.

En el atardecer del gobierno de Salinas de Gortari, un período de corruptelas administrativas y vicios políticos desembozados, y a raíz del asesinato del candidato Donaldo Colosio, hubo en México un punto de quiebre que redujo a escombros el estilo político dominante. Escindido el PRI por la fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD), de Cuauhtémoc Cárdenas, el Partido de Acción Nacional (PAN) se alzó con la Presidencia en el 2000 con Vicente Fox, de manera holgada
Durante el sexenio de Fox, el alcalde de la capital, Andrés Manuel López Obrador, surge como émulo de los dirigentes tradicionales y, empinado sobre algunos logros de su gestión, pelea el poder en contra Felipe Calderón y pierde por un raquítico 0,5% de los guarismos en 2006. Creó un hecho inusitado (gobierno paralelo con plaza tomada) que bien pudo desembocar en otra Noche de Tlatelolco, pero se alistó a custodiar su potencial político.

Así las cosas, la inferioridad de Peña Nieto y el asedio sangriento de los carteles de la droga reencaucharon la popularidad del dómine del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) y tiene acobardados a los heliotropos de la también fracasada élite de políticos y empresarios, pues el pueblo raso considera, si no fallan los sondeos, que llegó el momento de brindarle la oportunidad, y ofrece aprovecharla aceptando el modelo económico y anunciando mejoras en su aplicación.

Con solo meter miedo por los antecedentes e ideas del populista insistente, no les alcanzará a sus oponentes el tiempo para atajarlo. Castrochavizarlo, lejos de diezmarlo, lo fortalece por el fastidio de los mexicanos con ese lado oscuro del capitalismo que se globalizó de la mano de las empresas criminales. La riqueza del tráfico delictivo atrae a los negocios legales a través de los insumos y de los nexos comunes con el poder político. Y en México no requieren lupa.

Columnista

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