Columna


Mamá, la invencible

HENRY VERGARA SAGBINI

03 de mayo de 2021 12:00 AM

¿De qué material estaban hechas tus manos, corazón y espalda que jamás se fatigaron?

¿Dónde aprendiste a multiplicar los panes y las sonrisas sin importar la sequía de tu monedero, ese que escondías celosamente bajo la almohada?

En estos momentos de incertidumbre y negros nubarrones, regálanos de nuevo tu oración favorita que te permitía hablar con Dios desde el oráculo de tu cama.

Déjanos sentir tus caricias, escuchar los cantos de cuna a pesar de que tus hijos estamos cubiertos de arrugas y canas.

Deja escapar una brizna de tu sonoro silencio y de tu dulce guapeza sin horarios ni jáquimas.

¿Dónde dejaste los ungüentos infalibles que curaban todos los males del cuerpo y del alma?

¿De dónde sacabas vigor para que tus ojos jamás claudicaran esperando el regreso de todas las ovejas del redil, sin importar la soledad de la noche y el frío de la madrugada?

¿De quién heredaste la sabiduría y mandarria que te mantuvo siempre erguida defendiendo tus convicciones y solo bajaste la cabeza y te arrodillabas ante el Crucificado?

¿Y tus sandalias?, ¿acaso tenían alas? Siempre te vimos a nuestro lado en el momento justo sin que nadie te llamara aun galopando sobre tu silla de ruedas.

¿Quién te enseñó a declamar y cantar con las voces del alma? ¿Dónde aprendiste a repicar las castañuelas como si corriera por tus venas el linaje de los gitanos?

¿Quién te enseñó a perdonar 700 veces 7? ¿Por qué no se marchitaba tu esperanza?

¿De dónde sacabas fuerzas para levantarte? ¡Jamás vencida ni aún vencida!

¿Acaso fuiste tú, y no Facundo Cabral, quien inspiró el himno de los guerreros invencibles?: “Hoy es un nuevo día para empezar de nuevo, para buscar al Ángel que nos crece los sueños, para cantar, para reír para volver a estar feliz”.

Vieja: ¿Cómo te las ingeniabas para entregarle, inmancablemente, la bendición del pan y el tinto a ese ejército de huérfanos y mendigos que tocaban a tu puerta buscando engañar el hambre y la soledad que calcina en la madrugada? ¿Y a las María Mulatas?, ¿a los perros callejeros?, ¿se quedaron sin su Ángel de la Guarda? Te conozco, no lo creo.

Dime la verdad Carmencita, ¿cuál es tu magia? Ya pasó un año de tu partida y, sin embargo, todas las mañanas encuentro jazmines en mi pañuelo y le agregas, en absoluto silencio, el tantico de sal y las cinco gotas de limón a mi ensalada.

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