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La tarde se iba y mamá todavía se encontraba lavando los platos sucios del almuerzo con sus guantes amarillos como dos taxis de goma que pasearan el tiempo perdido en la piel gastada y astillada de sus dedos. Yo estaba en uniforme de diario, haciendo las tareas del colegio. Teníamos el televisor encendido porque su ruido reemplazaba lo que en la casa llamábamos El Silencio.

Recuerdo mamá que eran los días en que nada sobraba, nada bastaba para fulminar el desorden de ropa sucia de los cuartos. Si íbamos al baño estaba siempre la misma gotera y el mismo barro que se desprendía cuando entrábamos a pies descalzos. No me digas mamá que no viste la forma en la que el tiempo se perdía, huyendo por los caminos de la mugre y los traperos mojados. Eran las horas quebrándose en el corte mohicano de las escobas, en el verdín de las paredes del patio y en el enjambre de mosquitos que empezaba a zumbar en espiral bajo la luz anaranjada de los postes.

Qué lejos quedábamos tus hijos mientras la noche te alcanzaba con su proclama de anuncios publicitarios y noticieros. Cómo podrías tú cogerle el falso a los pantalones largos que heredé de mis hermanos, de qué manera hubieras podido trazar márgenes rojos en mis cuadernos cuadriculados, en qué momento ibas a hacer conmigo este ejercicio de geometría. No te hubiera bastado la vida, pues en la tuya el único elemento que estaba de más y que podías regalar sin disminuirte era el trabajo impersonal. Por eso dabas órdenes y gritabas a cada rato, no por rabia o resentimiento, ni siquiera porque estabas emputada con Dios, lo hacías porque hacer oficio era todo cuanto te desbordaba.

Cómo sudabas, mamá. Cómo ensopabas tus licras y tus blusas sin mangas. En tu espalda cargabas la cruz doméstica de la crianza imposible. Una cruz caliente que te perseguía hasta las sábanas de tu cama cuando se iba la luz en época de lluvias y tormentas. Todo se consumía a tu alrededor mientras lavabas los platos sucios de un almuerzo pasado. Sin terminar, el cielo de las siete te cogía con las manos empapadas. Lo recuerdo mamá porque era ahí cuando tú me llamabas y yo entraba en esa cocina donde tu aura de ceniza todavía hospedaba un fuego que deslumbra.

Allí, desde tu fortín de esclavitud y calderos, enjabonando pocillos eternos, me dictabas tu único poema, los mismos versos imperativos que sabíamos que le daban un título a la Cena: tres huevos, dos plátanos verdes, seiscientos pesos de aceite y el vuelto, si es que queda.

*Estudiante de literatura de la Universidad de Cartagena.

@orlandojoseoa

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