Manuel Zapata Olivella

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Manuel es Delia. Es Juan. Son todos los cartageneros de su pellejo humano.

De su corazón. De su trashumancia obligada. De su estirpe humillada todos los días.

En todos los territorios de este país ajeno, dominado y discriminador.

Es Lorica, la de los negros e indígenas laboriosos y pacíficos; la de los sinuanos hospitalarios, amigables y generosos; la de los sirio-libaneses advenedizos y emprendedores, adoptados con largueza y sin prevenciones ni exclusión.

En Zapata Olivella confluyen mito y hombre. En él todo deviene de lo más profundo y sensible de la identidad. De la nervadura y la osatura del ser; de su intimidad más íntima.

Es el suyo, el de la identidad, el alumbramiento de una criatura que se resistía a la luz.

O se negaba, en el peor de los casos, a nacer al universo de las contradicciones de una sociedad clasista y excluyente que la retara en el escenario cenagoso y de tembladeras de la discriminación racial y las supremacías.

Zapata Olivella, sin más armas que la de su vocación libertaria e inteligencia superior, ni más defensas que las de su ancestral autonomía, subió al tinglado, se calzó los guantes de la dialéctica e inició el combate.

Desigual, avasallador, en medio de las adversas circunstancias de ser y no estar. De sentir y no poder expresar; en fin, de saberse con la potencia y la fuerza y no poder derribar la muralla de incesante y agresiva hostilidad que, desde las lejanas razzias del África ancestral, lo intimidaban.

Y con él, a los de su piel y su rostro; a los de su mismo lenguaje cifrado de señales y símbolos que los libraba y protegía de extraviarse en las partituras falsas de una historia en la que la sumisión y la violencia pretendían, como si no bastara con sus cuerpos, despojarlos de aquello que pervive más allá del rostro y de la piel.

De eso, de esa sólida e indoblegable materia que es la dignidad, estaba cocido Manuel Zapata Olivella. De un barro que no lo cuarteaba ni el sol del facilismo ni las lloviznas persistentes del sometimiento. Ni las granjerías del sistema siempre en acechanza.

De otra manera, aquel alumbramiento que engendró Zapata Olivella en provecho de su raza y de su clase, no hubiese pasado de ser el afrentoso y vituperable parto de los montes de la mitología.

Ni el enanismo espiritual, ni la sumisión a cambio del oropel de la fama y los privilegios transitorios para el provecho individual fueron alguna vez moneda de curso en la parábola humana y humanizante de este Zapata Olivella nacido en las márgenes del mítico Sinú.

Signando por el fuego desde su germinal ancestro nunca dejó que se apagara. Ni de propagar su lumbre; de rasgar con su potente resplandor las tinieblas de la exclusión y la discriminación lacerantes en los suyos.

Siempre en el olor de identidad y dignidad.

*Poeta.

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