Columna


Maravillas al alcance de tu mano

HENRY VERGARA SAGBINI

18 de octubre de 2021 12:00 AM

El Viejo Toño García, maestro del Colegio Ignacio Arrázola, en Calamar (Bolívar), sacó de su maletín voluminoso tomo de la Enciclopedia Larousse y lo puso en mi pupitre: - “Léenos cuántas y cuáles son las Maravillas del Mundo”.

- “Son siete –les dije a mis condiscípulos–, El Coloso de Rodas, el Faro de Alejandría, las Pirámides de Egipto, los Jardines Colgantes de Babilonia, la Estatua de Júpiter Olímpico, el Templo de Diana en Éfeso y el Mausoleo de Halicarnaso”. Quedamos hipnotizados ante aquel inusual descubrimiento mientras el Viejo Toño ubicaba, geográfica e históricamente, cada uno de esos portentos creados por la mano del hombre.

Finalmente guardó su libraco despidiéndose con profunda reverencia, encendiendo luces, disipando oscuridades en la tierra fértil del intelecto. ¡Cuánta falta haces ahora, inolvidable maestro!

Pero confieso que estuve a punto de controvertir su lista de MARAVILLAS, pues yo tenía, y aún sigo teniendo, las propias, enclavadas en mi pequeño universo. Hoy, cuando la información de las galaxias cabe en media semilla de mostaza, nuevos prodigios se agregan, segundo a segundo, al inventario del Viejo Toño.

Pero, gracias al Dios de las libertades, cada cual tiene licencia para escriturar sus propias maravillas, sin que le quiten o le agreguen una coma sin su consentimiento.

Iniciaré mi inventario colocando en la cima de los afectos, las semillas del amor inagotable de mis abuelos, padres, esposa, suegros, hermanos, hijos, mis cuatro nietos, nueras, cuñados, sobrinos y primos. Les siguen el kibbeh y Tahine germinados en las manos de la Niña Isa, los tamales del Viejo Rafa celebrando su cumpleaños junto al Niño Dios; mis colegas, amigos, vecinos convertidos en familia y la cosecha de mangos, mamones, ciruelas y nísperos.

Incluyo también mi radiecito de pilas que jamás se jubiló, el tinto mañanero de Delfina, las coplas gitanas de Carmencita, los cantos luminosos de Leandro Díaz asegurando, sin lumbre en los ojos, que “cuando Matilde camina hasta sonríe la sabana” de Meneses y sus amores ardientes y fugaces; de Leonardo Fabio quejándose de que “ella lo olvidó y él la recuerda ahora”; a Escalona y su ‘Casa en el aire’ “pa’ que a Ada Luz –y a mi nieta Amelie– no las moleste nadie”.

La última maravilla de mi íntimo inventario es el taburete del abuelo Joselito Sagbini, convertido en inagotable trono de requiebros; lanzaba piropos irrepetibles a las ariscas damiselas, quienes aseguraban, sin temor a equivocarse, que era “El turco más enamorado y cují de todo el universo”.

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