Columna


María Félix

ÓSCAR DOMÍNGUEZ G.

11 de abril de 2016 12:00 AM

María Félix decidió nacer y morir el mismo día de abril (el 8) pero solo antes de haber  convertido en obra de arte el oficio de mujer. “Sólo he sido una mujer con corazón de hombre”, dijo alguna vez, en una de esas frases pulidas como una vieja sentencia.

Enrique Krauze, el mexicano que escribió la autobiografía de la  Doña, diría en el prólogo de Todas mis guerras, que ese corazón era el de Pablo su hermano, a quien suicidaron en su espléndida  primavera.

“El perfume del incesto no lo tiene otro amor”, corroboró María en una frase que habría podido firmar don José Asunción Silva, el suicida poeta colombiano que todos los días se mira con su amante y hermana Elvira en las paredes de la Casa de Poesía Silva, en el bogotano barrio de La Candelaria. Y en el mausoleo que comparten en el Cementerio Central de Bogotá.

María Félix se abstuvo de morir de cualquier forma. Escogió el día de sus 88 cumpleaños para abrir el paraguas e ingresar en la eternidad. Decidió irse del todo en el momento del sueño, esa “obra de ficción” como lo definió Borges.

Un prosaico infarto que quería salir del anonimato se llevó a María. Fue también en sueños cuando uno de sus caballos le informó que empezaba el fuego en las caballerizas. María despertó, le creyó a su caballo y salvó su cuadra.

A la Félix tampoco le figuró una bella voz. Tal vez para desquitarse de este lapsus, incluyó en su menú de hombres al charro Jorge Negrete, le admitió una guitarra a Pedro Infante y le alcahuetió piano, boleros y matrimonio al flaco Agustín Lara, a quien lucía como un paraguas debajo del brazo, según el chiste que les hacían sus paisanos.

Lara compuso en su honor María Bonita” y un  instrumental llamado  “Mi dulce María”. De Lara, Ceja de Lujo cantó “Arráncame la vida”, recuerda la historiadora musical Ofelia Peláez..

Tal vez su escueto – y feo- marido le inspiró aquella metáfora: “El sexy es el hombre con el que una tiene ganas de hacer el amor cuando lo ve vestido”.

Un piloto colombiano de Avianca al que nunca identificó por discreta coquetería, alebrestó el erotismo de algunos de sus días y sus noches. Pero “le metí un poco de coco al asunto y me distancié.

Deberían ponerle de epitafio esta metáfora del Nobel Octavio Paz: “María Félix nació dos veces: sus padres la inventaron y ella, después, se inventó a sí misma”.

oscardominguezg@outlook.com
 

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