Columna


¡Más es la bulla!

WILLY MARTÍNEZ

05 de mayo de 2021 12:00 AM

Cuando el príncipe de Edimburgo llegó a Cartagena en 1962, Jaime Vélez, el acaudalado ganadero dueño de Aguas Vivas y La Serrezuela, prestó el convertible azul celeste de su esposa, Judith Noquera, para cumplir el recorrido del Ilustre visitante. Al pasar por el Paseo Bolívar, lugar obligado en aquel tiempo, el príncipe de pie cuál reina de belleza, saludaba al gentío de las faldas de La Popa que salió a verlo. No hubo un solo incidente que lamentar. La hilera de carros culminó su paso exitosamente. Ese día Judith, con su habitual elegancia, debía asistir a la mesa de juego en casa de Susana de Morales e ir al Club de Pesca, pero la llegada del príncipe alteró su agenda. Contaba “El Curro” Morales que en el Club de Pesca, rompiendo el protocolo, el príncipe no se resistió ante la belleza de Judith y acercándose a ella la saludo diciéndole: ”Huumm que exquisita fragancia, es DIORISSIMO de Dior”. Sus palabras fueron galantes y el tiempo que duró la conversación excedía lo permitido por la inquilina del Palacio de Buckingham. En los círculos de la realeza en Londres, Felipe tenía fama de mujeriego, por ello la Reina Isabel II en las giras de su esposo incluía en la comitiva a un fiel informante que la mantenía al día. De haber existido el celular y WhatsApp en el 62, la celosa reina londinense hubiese exigido inmediato retorno.

En el pasado, entre tantos cuentos, fue famoso aquel en el que después de una presentación en Londres el príncipe llegó hasta el camerino de la bella bailarina Pat Kirk Wood, cuyas piernas eran consideradas la octava maravilla del mundo. Tuvo que defenderse y comentó estar acosado por periodistas que invadían la privacidad de la familia. Pero acá nada había que reprocharle al Príncipe. Judith no pasaba desapercibida en ninguna parte, era nuestra Marilyn Monroe en el barrio de Manga. Y miren que el visitante dejó la ciudad sin saber que la dueña del flamante convertible en el que paseó por Cartagena era de la atractiva y perfumada rubia que tanto le impactó en el Club de Pesca. Fue desde allí donde partió Felipe en otro carro al aeropuerto. Luego Judith subió a su convertible, aseguro el cabello con una pañoleta blanca de seda y roció sobre su escote un sutil toque de Diorissimo. En el otrora fuerte de cañones y pólvora quedó el aroma de su exquisito perfume y mientras salía por el arco de su angosta boca de piedra, una mujer le gritó: “Judith ¿cómo te pareció el príncipe?” Y ella, acelerando el carro sobre el caracolejo y sonriendo, contestó: “¡Más es la bulla!”.

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