Mascotas

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En el primer mundo no solo se refiere a perros y gatos, sino culebras, peces y ratones.

Llegamos a situaciones románticas y cómicas. En amables recovecos del patio se pretende prolongar el entorno campesino que nos ha dominado. La gente no renuncia a la gallina patiera que seduce paladares. Otros con sus afectos a las peroratas de un loro, están pendientes de la elegante pereza de un gato. Pero la mayoría opta por el perro. Animal que podría escribir un tratado sobre la simpatía, y recomendaciones sobre cómo ganarse el cariño. El problema son los ladridos que atentan contra la tranquilidad.

A quienes nos ponemos nostálgicos con los cantos de los gallos nos entusiasma escucharlos en la madrugada. Otros se indignan porque les despierta. Sin entender que los gallos no cantan por que sea tal hora, sino porque les da la gana, les gusta hacerlo.

Pero esa ruralización supérstite llega a la propiedad horizontal, que todavía resulta estrambótica en nuestra cultura. Testigos de lo anterior son macetas y matas en un jardín absurdo, que improvisan en barandas y rincones de áreas comunes, en una hostil edificación moderna.

Las familias se sienten prisioneras en 100 y pico de metros cuadrados. Aceptan utilizar muebles más pequeños, pero no a prescindir del perro.

Cuando la propietaria del perrito es una mujer hermosa, con toda hipocresía le preguntamos el nombre del animal y su raza. Si se trata de un vejete apenas le indagamos por la frecuencia con que lo baña. Algunos protestan por el olor en los ascensores. Otros, con mal olfato y medio sordos, no nos percatamos de olores y ladridos.

Con los perros no hay término medio. Son exaltados por muchísimas virtudes, reales o supuestas, o despreciados con toda pasión. El perro tiene esas posibilidades, pero su pobre compañera es condenada sin remedio. Hay una discriminación contra la hembra del perro, de seguro hay varias ONG de desocupados que la protegen.

Como los perros asustan y a veces muerden, hay un viejo cuento: Durante una visita médica un facultativo fue acosado por un perro. Su dueña intentó tranquilizarlo diciendo “no se preocupe que el perro esta capado”. El médico le hizo ver que no estaba preocupado porque lo pudiese preñar, sino porque lo mordiera.

Hay algo chocante en el lenguaje bobalicón que muchos adoptan para hablar a sus mascotas. Cuando jugamos con los animales hay que respetarles. Muchas veces no jugamos con ellos, sino que los animales pueden estar jugando con nosotros. Es posible que nos consideren tontos, como lo hacemos nosotros con ellos.

Leoncico era un diabólico perro que tenía Balboa. Hernán Cortés usaba otros de igual ferocidad. Bolívar poseía un caballo blanco, pero nunca se supo que tuviese perros, a no ser por una jauría que hoy usa su nombre para atropellar con ladridos y mordiscos de miseria.

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